Ollanta Humala podría estar perdiendo una decisiva batalla
personal, la de haber gobernado como algo diferente que el tercer
presidente sometido a los economistas del fujimorismo. Quienes con
discreción pero con eficacia le están torciendo el brazo son los
miembros de su propio equipo económico, con el MEF a la cabeza.
Los economistas y gerentes ortodoxos incorporados en el 2011 fueron
importantes para mantener el equilibrio de un gobierno autodefinido como
de centro-izquierda. La posterior despedida de buena parte del ala
izquierda del humalismo incrementó el peso relativo de los ortodoxos.
Ahora podríamos estar al borde de una tercera etapa.
En medio del giro hacia la derecha Humala ha elegido hacer del
sector energético y de los programas sociales los dos ejes de su
actuación ante el pueblo como el presidente distinto que ofreció ser en
la campaña. Su impulso político a esos dos escenarios es notorio, ya hay
avances. Pero, como dice el refrán, el diablo está en los detalles.
El esfuerzo por establecer una estructura energética moderna
público-privada está encontrando obstáculos y demoras todos los días en
los ministerios. El motivo es una intensa resistencia ideológica de
algunos ministros a la participación del Estado en la producción. Esto a
pesar de que casi toda la inversión extranjera en energía es estatal.
Algo ha logrado Humala en este pulseo. Por ejemplo el cambio de
rumbo del gas del Lote 88. Perupetro le ha concedido que Petroperú
participe en licitaciones de lotes petroleros. El trabajo para ampliar y
modernizar la refinería de Talara, que en lo esencial consiste en
convocar a financistas y técnicos privados, ya está en marcha.
Pero en el caso de una obra de más envergadura, como el gasoducto
surandino, la postura del equipo económico de Humala frente a la
participación del Estado, siquiera como socio minoritario, es más o
menos un sí, pero. Lo cual va concertado con una campaña mediática desde
la derecha, y la extrema derecha una incipiente satanización de los
socios brasileños.
En el campo de los programas sociales, algunos ya están
desarrollándose, a escala más bien modesta. La postergación de los
S/.150 adicionales al salario mínimo, cuyo segundo tramo se anuncia para
ahorita, es un buen ejemplo de cómo se arrastran algunos pies. Por
momentos esto parece el clásico goteo de la gran bonanza.
Es obvio que en estos decenios la ortodoxia ha producido algunos
importantes avances sociales. Pero el triunfo electoral de Humala es la
mejor demostración de que una parte sustantiva de la población espera, y
sigue esperando, que le toque algo más de todo lo alcanzado.

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