Por: Sinesio López Jiménez
Fujimori no es un genio ni un tonto. Tampoco es el gran pacificador
y el gran reformador del capitalismo como piensan sus admiradores ni es
solo el monstruo asesino y corrupto como piensan sus detractores.
A 20 años del golpe fujimorista es necesario poner las cosas en su
lugar. Fujimori ha sido un modesto profesor universitario de matemáticas
que tenía grandes ambiciones y muy pocos escrúpulos para entrar al
campo pantanoso de la política. Tampoco fue un protagonista de gestas
históricas ni un pelele de fuerzas oscuras. Fue un político mediano y
mediocre que logró catalizar conflictos socio-políticos, miedos,
esperanzas, situaciones, intereses, ambiciones políticas, voracidades
económicas, y los expresó en su persona (y en la de su congénere
Montesinos) y en las políticas que desplegó. Fue un presidente que
gobernó para los ricos con el apoyo de los pobres pues logró ensamblar
más o menos bien el neoliberalismo con el neopopulismo.
El fujimorismo ha dejado de ser un referente puramente peruano para
tener un alcance relativamente universal. En su momento se llegó a decir
que Yeltsin era una especie de Fujimori ruso o que el candidato
norteamericano Perot era el Fujimori norteamericano. El mismo
calificativo ha sido usado para referirse a otros candidatos o
presidentes latinoamericanos que han llegado al gobierno sin contar con
un partido que los respalde. El fujimorismo alude, pues, a un fenómeno
político que es producto de la crisis de representación (de las diversas
clases en el campo de la política) que desguarnece a la sociedad, la
desprotege y la pone en disponibilidad política para que cualquier
individuo audaz y muchas veces mediocre termine apoderándose de ella.
En este sentido, el fujimorismo no es obra de un hombre o de un genio
político sino que es el resultado de una situación. Fujimori no era un
político cuajado ni tenía un proyecto de gran aliento histórico sino que
era un profesor universitario con ciertas ambiciones políticas y con un
proyecto rudimentario de país. Si tuvo éxito, este no se debió a sus
cualidades y sus méritos (que eran escasos) sino a las peculiaridades de
la situación de crisis y colapso del sistema de partidos. Fujimori no
era un hombre orgánico a una clase o una coalición de clases sociales
sino el resultado de una situación crítica de la representación
política. Todos los partidos habían fracasado en la tarea de acabar con
el caos económico (la hiperinflación, la crisis de la deuda, el
agotamiento de la sustitución de importaciones como modelo de
desarrollo) y de derrotar al terrorismo.
Cada fracaso del gobierno y de sus respectivas oposiciones traía
consigo la desautorización y el alejamiento de las clases sociales de
sus partidos hasta llegar al rechazo antipartido. Todo ello produjo la
ruptura de las lealtades partidarias, la personalización de la política y
caudillismo, la fragmentación y la volatilidad electoral y partidaria,
la falta de predictibilidad de la política, la preeminencia de los
medios y de los poderes fácticos. Asociado al fujimorismo aparece un
conjunto de fenómenos políticos que no forman parte sustantiva de él,
pero que lo acompañan y lo tiñen: el golpismo, el tipo coaliciones
sociales y políticas que lo sostuvieron, la pacificación, la reforma
neoliberal, la perpetuación en el poder, la corrupción desbordada e
impune, las características del régimen político fujimorista, la
antipolítica.
En muchos de ellos, Fujimori no ha sido el héroe ni el villano sino
sólo un participante secundario. En el golpe, el protagonismo central
reposa en Montesinos y en la cúpula de las FFAA de entonces. En la
conformación de las coaliciones él es un protagonista juntamente con los
poderes fácticos. Fujimori cogobierna con ellos. La reforma neoliberal
extrema fue concebida e impulsada por los organismos financieros
internacionales, por los inversionistas extranjeros y por la burguesía
local. En la pacificación, además de las FFAA, han jugado un papel
central los servicios de inteligencia de la policía y las rondas
campesinas. En la corrupción toda la cúpula fue protagonista.
Fujimori está preso, el fujimorismo sobrevive, pero la situación
política que le dio origen sigue en pie. La crisis de los partidos y el
colapso posterior del sistema de partidos constituyen un semillero de
fenómenos como el fujimorismo. Sólo la configuración de un nuevo y
vigoroso sistema de partidos puede acabar con él. Sospecho que los
ciudadanos y los políticos que quieran superar esa situación van a
recibir fuego graneado de los poderes fácticos, especialmente de los
medios de derecha. Esa es la verdadera disputa por el poder. Lo otro (el
gobierno) viene por añadidura.
Fuente: http://www.larepublica.pe/columnistas/el-zorro-de-abajo/el-fujimorismo-en-su-lugar-08-04-2012

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