Por: Nelson Manrique Gálvez
Martes, 06 de marzo de 2012
Se ha venido difundiendo una visión de la historia peruana según la
cual la revolución militar de Juan Velasco Alvarado de 1968 fue un
fenómeno exótico, inexplicable, que vino a interrumpir el recto camino
del Perú hacia el progreso. ¿Es eso cierto?
No lo era para la CIA, que desde comienzos de la década del 60
mostraba una viva preocupación por el potencial revolucionario que,
según ellos, portaba la situación peruana. Revisando los materiales
desclasificados de la agencia de inteligencia norteamericana llama la
atención la precisión de algunos de sus diagnósticos, que contrastan con
la miope visión de la mayoría de los políticos peruanos de entonces.
El 1º/5/63 se realizó en Washington una reunión de la comunidad de
la inteligencia norteamericana, el estado mayor conjunto y la CIA, para
evaluar la situación peruana. La mayor preocupación era que pudiera
llegar al poder un gobierno radical en el Perú, como había sucedido en
Cuba en 1959. Se discutió según un diagnóstico preparado por la CIA
(Case Number: EO-1993-00006. Release Decision: RIFPUB. “Political
Prospects in Peru”, 5/1/63).
El diagnóstico de la CIA partía señalando que en el Perú no existía
una efectiva unidad nacional, “entendida como un lenguaje y una cultura
común”. Según el protocolo de la reunión, el Perú estaba dirigido por
una oligarquía, principalmente blanca, que habitaba en Lima y el área
costera, que ejercía el poder respaldada por las FFAA y por la Iglesia.
Más de la mitad de los 11 millones de habitantes eran indios
analfabetos, pauperizados, que hablaban sus propias lenguas y vivían en
una economía de subsistencia bajo un sistema de dominio semifeudal,
apartados de la sociedad moderna. La mayoría de los mestizos, que
constituían aproximadamente la tercera parte de la población, no vivían
mucho mejor que los indios, aunque formaban parte de la gran fuerza de
trabajo urbana.
La presencia de la cordillera de los Andes hacía muy difícil el
transporte y las comunicaciones. El sector moderno de la economía estaba
confinado a la costa, donde se concentraba alrededor del 30% de la
población, la agricultura comercial, la producción petrolera,
manufacturera y el comercio, y se producía más de la mitad del Producto
Bruto Interno. La sierra representaba el 27% del total del territorio,
pero albergaba al 55% de la población nacional. Proveía de minerales y
algunos productos agrícolas, pero más de cinco millones de indígenas
vivían en “condiciones primitivas”, al margen de la economía monetaria.
La selva estaba completamente aislada del resto del país.
La situación macroeconómica era buena; se creía que la tasa de
crecimiento del 4 o 5% anual de las dos décadas anteriores se
incrementaría a 5.5%. Era improbable, sin embargo, que el progreso
económico fuera compartido. El ingreso per cápita en la sierra era
semejante al de la estancada Bolivia y la pobreza en la selva podría
compararse con la de Haití. En la costa el ingreso era semejante al
promedio de América Latina, pero había grandes disparidades de riqueza y
bienestar: “En Lima y otras ciudades el consumo ostentoso coexiste con
la pobreza más abyecta”.
Los gobiernos peruanos, concluía el documento, no habían estado
dispuestos a hacer los sacrificios necesarios ni a afrontar los riesgos
para producir los profundos cambios sociales y económicos que requería
el país. La estabilidad política del Perú dependería decisivamente de la
habilidad y la decisión del gobierno para responder a las demandas
populares de bienestar económico y seguridad. “Esta situación –concluía
el cónclave de la inteligencia norteamericana– augura una desintegración
de la estructura social y económica peruana. A menos que las fuerzas
moderadas logren realizar un cambio ordenado probablemente los
liderazgos radicales conseguirán la oportunidad para ensayar sus
métodos” (National Intelligence Estimate. NIE 97-63. Washington, May 1,
1963. CIA Files, Job 79-R01012A, ODDI Registry. Secret). Dos años
después estallaron las guerrillas del MIR y el ELN y el 68 Velasco
Alvarado tomó el poder.
Medio siglo después, ciertas cosas no cambian.www.nelsonmanrique.com


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