Por: Carlos Meléndez
La
salida de reconocidos cuadros políticos e intelectuales orgánicos de
izquierda de la coalición gobernante ha puesto en debate la relevancia
de este sector para la política nacional. Más allá de si es injusto o
inadecuado, dicho retiro del equipo nacionalista debe leerse dentro de
la historia de aciertos y desaciertos de la izquierda peruana. Desde el
momento de gestación de esta inagotable generación de izquierdistas
(auto-denominados “Generación del 68”), han tenido méritos a resaltar:
la defensa orgánica y militante de los derechos humanos (desde los
ochenta), la oposición principista ante autoritarismos clientelares
(desde los noventa) y la crítica a las deficiencias del modelo
post-ajuste (la última década). La demanda a favor de la “inclusión
social”, que ahora todos reconocen como válida, ha sido en gran parte un
aporte de la izquierda al sentido común político del país que
fácilmente se había entregado a la necedad del “chorreo”.
Considero
que las constantes derrotas políticas de la izquierda peruana y su
incapacidad para construir ese ya utópico proyecto orgánico se debe a la
lentitud con la que han asumido las lecciones de la historia. La
izquierda ha acumulado una serie de aprendizajes tardíos en temas
cruciales que le ha costado demasiado al país. El retorno a la
democracia en 1980 generó una escisión entre los que insistían que su
objetivo político era la revolución o los que habían entendido el
respeto institucional que las elecciones implicaban. Estos últimos
fueron catalogados como “cómplices de la democracia burguesa” y de
“hacerle el juego” a la derecha. El valor a las reglas propias de esa
democracia que varios condenaban vino mucho después.
Fue
a finales de esa misma década, que se dio uno de los debates que mejor
ejemplifica la dificultad de la izquierda por confrontar la realidad con
su ideología. Cuando no quedaban dudas del daño que Sendero Luminoso y
el MRTA venían causando al país, “zorros” y “libios” discutían la forma
correcta de interpretar el lugar de la violencia en la estructura de la
sociedad peruana. Sinesio López y Nelson Manrique fueron los
protagonistas de este intercambio. Para el primero, la violencia
política significaba el fracaso de la política (El Zorro de Abajo, N.6),
mientras que el segundo refrendaba la tesis de la guerra como su
continuación. Manrique acusaba por entonces a López de derechista y a su
vez proveía argumentos para “superar revolucionariamente a Sendero” sin
abandonar la concepción marxista de la violencia (Márgenes, N.2). No es
casual que por entonces, parlamentarios de Izquierda Unida dieran
sepultura a emerretistas caídos en batallas como “héroes de guerra”. No
eran los setentas, sino el contexto previo al primer y único congreso de
dicho frente.
A
la izquierda le cuesta comprender que la política puede tener una
lógica autónoma de la sociedad. Así como el fundamentalismo de radicales
extra-sistémicos se justificaba en una violencia estructural e
histórica, no habría posibilidad de transición hacia la democracia sin
un cambio en el modelo económico. Con este argumento, desarrollado por
Nicolás Lynch (La República, 26 de Abril del 2011) y Alberto Adrianzén
(La Transición Inconclusa, La Otra Mirada, 2009), actuales colaboradores
del gobierno, el cambio del régimen autoritario establecido por Alberto
Fujimori es inconcluso sino se modifican los fundamentos del actual
esquema de crecimiento. Si al terminar el actual mandato no se consigue
esto, ellos mismos serían cómplices del régimen autoritario (sic) que
criticaban.
¿Revolución
o democracia? ¿Violencia o pactos? ¿Transición de régimen sin cambio en
la economía? En todas estas vicisitudes de izquierda el sesgo
ideológico se ha estrellado con la realidad. Y a pesar de ello se ha
preferido la insistencia antes que la renovación y el cambio
generacional. El resultado es lo que tienen al frente.
Publicado en El Comercio, el 7 de Febrero del 2012.
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