Una historia de culpas
Han
pasado 23 años desde que Izquierda Unida, una de las agrupaciones socialistas
más importantes de Latinoamérica, implosionó. Hoy, quienes fueran sus
principales dirigentes, algunos directamente responsables de la ruptura,
ensayan explicaciones y reconocen sus culpas. Sus testimonios han sido
recogidos por Alberto Adrianzén en el libro Apogeo y crisis de la izquierda
peruana, que acaba de aparecer en librerías. Allí están señalados los errores
del pasado y las lecciones para el futuro.
Por: Óscar Miranda (Periodista)
Henry Pease recuerda ese día de 1983 en el
que Alfonso Barrantes, de visita en su casa, le dijo “quiero saber en qué y
cuándo nos vamos a enfrentar”. La pregunta parecía un presagio. Seis años
después, el ex alcalde de Lima y su ex teniente alcalde encabezaban las dos
facciones en las que la Izquierda Unida (IU) se rompía, dramáticamente. Lo que
ocurrió a lo largo de esa década fue una historia de broncas, egoísmos y
ambigüedades (aunque también de nobleza, principios y heroísmo) que, a la
postre, terminaron con un proyecto político en el que habían puesto sus
esperanzas cientos de miles de peruanos.
Hoy, 23
años después de que la IU se rompió, sus principales protagonistas ofrecen,
colectivamente, su versión de los hechos. Señalando responsabilidades ajenas
pero también las culpas propias.
Apogeo y
crisis de la izquierda peruana (IDEA Internacional y Universidad Antonio Ruiz de
Montoya, 2012), editado por el sociólogo Alberto Adrianzén, recoge las voces de
24 dirigentes de los diferentes partidos que conformaron la IU. Allí están
Pease, Carlos Tapia, Santiago Pedraglio, Rolando Breña, Hugo Blanco, Susana
Villarán, Ricardo Letts, Genaro Ledesma, entre varios otros. Javier Diez
Canseco ofrece su visión de la historia a través de un ensayo de 100 páginas. Y
la versión de Barrantes se puede leer en dos entrevistas que concedió durante
esos años, en los que era el líder del socialismo peruano.
El camino revolucionario
La
Izquierda Unida nació el 12 de setiembre de 1980. Según su acta de fundación,
se impuso como misión “la destrucción del Estado burgués y la conquista de un
gobierno surgido de la acción revolucionaria de las masas”. Durante la
siguiente década, el discurso radical no se alejaría de algunos de sus
partidos, como el Partido Unificado Mariateguista (PUM), el Partido Comunista
del Perú y Patria Roja, que siguieron reconociéndose como “revolucionarios”.
Mientras, otras agrupaciones, como el Partido Comunista Revolucionario (PCR) y
el Partido Socialista Revolucionario (PSR), se fueron alejando del discurso
sobre la lucha armada.
¿Fue la
posición que adoptaron en torno a la lucha armada lo que fracturó a la
izquierda? Carlos Tapia dice que sí. Tapia venía de MIR, de pasado guerrillero,
pero afirma que para los ochenta esta agrupación había dejado de reconocerse
como marxista leninista y abandonado tesis como la de la dictadura del
proletariado. Su salida del PUM, en 1988, junto a los denominados ‘zorros’,
enfrentados a los ‘libios’ radicales que lideraba Diez Canseco, se debe a su
rechazo al camino de la violencia. “Cuántos jóvenes, creyendo en esas tesis,
terminaron en Sendero o el MRTA”, dice.
Susana
Villarán también exige una autocrítica de la izquierda por ese discurso: “El
lema ‘el poder nace del fusil’ (de Patria Roja) se siguió diciendo después de
conocerse las masacres espantosas de Sendero contra el pueblo campesino (...).
Yo creo que es una cuestión que hay que reconocer, hay que decir ‘nos
equivocamos’”.
Santiago
Pedraglio, otro de los ‘zorros’ que dejó el PUM y hoy un reconocido analista
político, dice que el tema de la revolución siempre se tocó “de manera
esquizofrénica” en la izquierda: “se discutía ardorosamente sobre cómo se
tomaría el poder mediante la violencia, al mismo tiempo que en muchos lugares
se gobernaban municipios, y en Lima los dirigentes se peleaban con uñas y
dientes por posibles puestos en el Parlamento”.
La tesis de la ‘tercera vía’
Javier Diez
Canseco no niega, en ningún momento, que el discurso radical existió. Reconoce
que los partidos de izquierda tenían una visión ideológica de la revolución
“que implicaba una relación con la lucha armada”. En distintos momentos de los
ochenta, incluso hasta 1988, el PUM hablaba de “preparar las fuerzas para la
confrontación revolucionaria”. Pero, al mismo tiempo, subraya que ese camino no
era el principal pues de lo que se trataba era de “combinar distintas formas de
lucha”. En el PUM existía la tesis de que frente a la violencia subversiva y la
violencia desatada por las fuerzas armadas había que abrir una “tercera vía”.
Ricardo
Letts, otro de los ‘libios’ del PUM, explica cuál era esta tercera vía:
“impulsar la organización (...) de un gran movimiento de rondas de autodefensa
campesina” para salvar a los campesinos apresados entre los dos fuegos. Una
idea que, luego, desarrollaría el propio Estado con Fujimori. Letts, una de las
figuras de la izquierda más criticadas por su supuesta condescendencia con la
violencia terrorista, se ofende cuando se le dice que la izquierda legal no
zanjó con Sendero. “Eso es una patraña, una calumnia”, responde.
“Fuimos dogmáticos”
En su I
Congreso Nacional, del 19 al 21 de enero de 1989, en Huampaní, la IU se parte.
Se van Barrantes, el PSR, el PCR, los disidentes del PUM encabezados por Tapia,
los No Partidarizados liderados por Edmundo Murrugarra y otras figuras
independientes. El argumento fue su desacuerdo con el sistema de votación de la
nueva directiva. Pero aquello fue el detonante –o el pretexto– porque, como
dice Pedraglio, la ruptura era inevitable.
Sobre
las causas de la ruptura, las versiones discrepan. Tapia dice que el tema de la
violencia fue fundamental. Henry Pease no cree en esa explicación: “no recuerdo
que ninguno de los partidos que se fueron haya hecho un deslinde teórico
importante con la lucha armada”. Para él, como para Diez Canseco, Letts y
otros, estaba claro que Barrantes quería irse. “Creo que fue una decisión
colectiva (tomada) con quienes se fueron con él. Creo que pensaban, como
Alfonso, que los votos se irían con ellos o que, por lo menos, quedarían como
una agrupación más grande”.
“Él
(Barrantes) era el prototipo de líder de la izquierda que la derecha quería”,
dice Letts. “Un líder manejable, con rudimentos de marxismo, compañero de ruta
del PCP y del Apra, afanado en figurar, proclamado estalinista, autoritario de
hecho. ¡Alan García cómo y cuánto lo usó!”.
Para
Alberto Moreno, dirigente de Patria Roja, el problema de la IU no fueron las
diferencias ideológicas, porque todas eran superables, sino el caudillismo.
Santiago Pedraglio tiene la misma teoría. El propio Diez Canseco reconoce que
el dogmatismo los gobernaba: “éramos dirigentes, militantes y partidos marcados
fuertemente por una concepción leninista (basada en la lectura dogmática del
libro ¿Qué hacer? de Lenin como ‘la’ forma organizativa partidaria universal)”.
“(Estábamos) firme y equivocadamente convencidos de ser poseedores de una
teoría ciencia, el marxismo leninismo, que le daba carácter científico a
nuestros análisis y posiciones, cual ciencia exacta”, agrega.
El
desmembramiento de la IU provocó la decepción de muchos peruanos que sentían el
proyecto como suyo. El testimonio de Susana Villarán, quien por entonces era
una simple militante del Rímac, es ilustrativo al respecto: “Para quienes
vivimos la Izquierda Unida desde las bases, esa fue una traición de la
dirigencia”.

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