miércoles, 10 de febrero de 2010

El asalto a la Razon

('neocon') a la democracia

Al Gore no sólo fue senador durante muchos años, vicepresidente de Estados Unidos con Clinton (cuando impulsó una importante reforma de la Administración) y casi presidente frente al actual Bush, sino que se ha ganado una merecida fama de publicista en defensa del medioambiente con la presentación mundial de su película y libro Una verdad incómoda. Nos sorprende ahora con este interesante libro de pura política, en toda la extensión de la palabra, de lectura tan fácil como intensa ya que ofrece distintos niveles que se entrecruzan a lo largo del mismo con agilidad y que ya ha desatado rumores sobre su eventual candidatura, de nuevo, a la presidencia.

Una de las vigas maestras con que construye el libro y que le permite desarrollar un juego amplio y fructífero es comparar la realidad actual de la política americana con lo que fueron principios esenciales de la revolución americana expuestos por los "Padres Fundadores". Las condiciones iniciales de la democracia con la situación hoy. Lo que pensaban e hicieron los primeros presidentes con lo que está haciendo el actual inquilino de la Casa Blanca.

El resultado es demoledor y muy atractivo al situar a los neoconservadores del presidente Bush como algo no sólo ajeno a esa tradición americana sino contrario a los valores esenciales de la nación. Acostumbrados como estamos a que todos los conservadores reivindiquen su vinculación con la esencia del pasado patrio, el convincente ejercicio que hace Al Gore para demostrar lo contrario en el caso de Bush es altamente estimulante si uno lo traslada, por ejemplo, a los esfuerzos de nuestra derecha por atribuirse el protagonismo de una transición democrática española reinventada por ellos.
Sobre esta viga construye tres discursos complementarios que se refuerzan a lo largo del libro. En el primero, reflexiona Al Gore sobre cómo la televisión es uno de los elementos clave que han cambiado las condiciones en que se hace política hasta el punto de cuestionar algunos de los mimbres esenciales que han construido el sistema democrático. Promueve la pasividad de los individuos convertidos en espectadores antes que en protagonistas de los debates, simplifica los mensajes políticos hasta hacer imposible un razonamiento que exceda de los veinte segundos en que sólo cabe un eslogan o una consigna, hace que sea más importante el color de la corbata que el contenido de lo que se diga y requiere cantidades importantes de dinero para las campañas sólo accesibles para unos pocos. Dado que la esencia de la democracia requiere ciudadanos bien informados, activos y dispuestos a debatir con argumentos, la omnipresencia de la televisión en su fórmula actual reduce la calidad de la democracia como ya señalara, también y entre otros, Sartori con su hommo viddens.

La segunda línea de debate por la que transcurre el libro es una de las mejores y más rotundas enmiendas a la totalidad a lo que ha representado la presidencia de Bush para Estados Unidos y el mundo. La utilización sistemática de la mentira en la guerra de Irak, la complacencia con la tortura en Guantánamo, la fabricación de un estado de miedo permanente e indefinido que justifique un autoritarismo creciente, el abuso del veto presidencial para reducir poderes a las cámaras, la ocupación descarada del poder judicial mediante maniobras oscuras, la sumisión de la Casa Blanca, en asuntos como el cambio climático, a los intereses de grandes compañías que financiaron la campaña electoral, la negativa a informar y rendir cuentas ante los ciudadanos utilizando de manera exagerada el secreto oficial, la introducción de la religión y los valores más reaccionarios en la cotidianidad de la acción pública presidencial, etcétera. Y no.

Recuerdo que no se trata de un libro del intelectual radical Chomsky, o de las narraciones del periodista Woodward. Se trata de la denuncia contundente y sosegada de un patricio americano, que lo fue todo en el establishment, y que pudo ser y, de hecho, tal vez debió legalmente ser el presidente de Estados Unidos en lugar de aquél a quien critica de forma tan demoledora. Pero es, también, un político preocupado por la degeneración que está experimentando la democracia en manos de un grupo de neoconservadores que no creen en los principios fundadores de Estados Unidos, primos hermanos de los de la Revolución Francesa, ni creen en la razón como elemento articulador de una sociedad libre. Unos reaccionarios cuya obsesión es movilizar las emociones convencidos de que la victoria rara vez se consigue con buenos argumentos.

Este asalto a la razón, que da título al libro en inglés, es la tercera, y más importante, línea de argumentación de Al Gore en su critica a lo que está pasando en Estados Unidos y en todo el mundo occidental. El debate no es nuevo y hace décadas que el filósofo marxista Lukács ya escribió un libro así titulado. La defensa de la razón frente a la tradición o la religión como principios ordenadores de una sociedad libre y democrática no ha estado exenta de problemas a lo largo del siglo XX. Sin embargo, pese a sus insuficiencias (ver el libro de Walzer sobre razón, política y pasión) y abusos, el nuevo planteamiento impulsado por los llamados neocons demuestra que cualquier sistema político basado en principios diferentes a la razón es, o acaba siendo, incompatible con la democracia y la libertad individual tal y como las entendemos y como las entendían los redactores de la Declaración de Independencia.

Y uno de los principales valores del libro que comentamos radica en relacionar las acciones concretas de la gestión de Bush con un proyecto ideológico global, vinculado a un pensamiento supuestamente posmoderno pero realmente antimoderno, elaborado para sentar las bases de la convivencia en principios distintos a los que fundamentan nuestras democracias actuales. Principios más injustos, porque defienden a los fuertes y ricos, más reaccionarios porque mueven sentimientos antes que argumentos, y menos éticos porque no se detienen ante la tortura, la mentira y la manipulación. Estaríamos ante el intento de imponer una nueva forma de poder político que, liberado de las restricciones y controles que definen a una democracia, se sienta impune para redefinir la realidad a base de propaganda, sacar adelante los intereses de quienes les patrocinan y sancionar con dureza al que discrepe. En la Roma de Cicerón o en la de Calígula ya ocurrió algo de esto. Pero creíamos superado el estado de la naturaleza a favor de una civilización basada en la razón y la ciencia, como antídoto frente a todo tipo de fundamentalismos.
¿Ingenuos? Lean el libro y hablamos. Porque ya saben, Estados Unidos somos todos y nuestros neocons ya traducen del inglés.

http://www.elpais.com/articulo/ensayo/asalto/neocon/democracia/elpepuculbab/20071103elpbabens_2/Tes

sábado, 6 de febrero de 2010

Aportes de la Psicología Social para el Desarrollo de un Esquema de Ética Pública



Ps. Álvaro González Riesle

Consultor.

Si nosotros sintetizáramos el sistema de creencias que fundamentan el accionar del Hombre Corrupto en nuestra sociedad, podríamos escucharlo en un diálogo de café en el que diría cosas como éstas:

Habla en corrupto:

"Mira hermanito, la corrupción existe en el Perú, siempre ha existido y siempre existirá. Es una costumbre entre nosotros y no se puede ir contra la costumbre. Yo siempre he sido pobre, he venido desde abajo y he sufrido muchas privaciones. Ahora tengo que resarcirme. La coima es una forma en la que cada uno se defiende en el Perú como puede. Además, de paso, uno se beneficia con ella: se puede ganar mucha plata obteniendo licitaciones, ganando juicios, accediendo a puestos mediante los cuales uno puede llenarse los bolsillos y darle una vida segura a los hijos y a los nietos para que puedan disfrutar de la vida en un país mejor que éste. Si uno llega a un puesto público y no roba, es un estúpido, porque no sabe aprovechar las oportunidades. Hay que recordar aquello de "aprovéchate, gaviota, que después de ésta no hay otra". Uno no va a ser tan tonto de presidir licitaciones donde se mueven millones de dólares sin ganarse alguito, porque no es justo que los señorones que se llevan la buena pro se enriquezcan aún más, mientras yo no tengo con qué pagarle el colegio a mis hijos. Favoreciendo a esa gente, uno los compromete, y mañana se puede hacer valer aquellos de "hoy por ti, mañana por mi". Ellos mismos saben que sin la cutra, nada se consigue. Esos que se la dan de honrados, se olvidan de que no hay que decir nunca: "de esta agua no beberé". Yo los quisiera ver cuando estén en la mermelada, para que se pruebe aquello de que "en arca abierta, el justo peca". Por último, la virtud no es más que la falta de oportunidad y no vale la pena tanto sacrificio. El honrado muere pobre a nadie le importa su honradez. Y si todos roban, ¿porqué yo voy a ser la excepción?, si los grandazos roban, ¿por qué tengo yo que hacer el papel de santo?. Al fin y al cabo, todo hombre tiene su precio. A unos los sobornan con dinero, a otros con mujeres, o con almuerzos, o con viajes o con droga. La cuestión es saber administrar el soborno adecuado al tipo de hombre adecuado. Así todos felices y contentos. Lo importante es saber hacer las cosas. La vida es corta y es una sola, y hay que gozar de la vida porque vamos estar mucho tiempo muertos".

El credo del corrupto así reseñado puede parecer demasiado maniqueo o si coincide con nuestra realidad, es materia de análisis en el presente evento.

Desde nuestra perspectiva personal, un cuadro con estos elementos, diluidos en la jungla de las relaciones interpersonales de nuestra vida nacional, nos plantea el problema de la estructuración del modelo de hombre moderno que deberá operar funcionalmente en la sociedad peruana moderna del siglo XXI. Más exactamente: ¿puede una sociedad moderna democrática, integrada, descentralizada, pacificada y dedicada al desarrollo de las potencialidades humanas coexistir sin problemas con actitudes y conductas corruptas? Creemos que no, dado que la corrupción produce una serie de consecuencias sociales destructivas que tornarían inviable un proyecto de modernización basado en valores humanos. Dichas consecuencias son:

El Incremento de:

  1. La desviación de recursos públicos a bolsillos privados y el incremento del costo de la administración.
  2. La injusticia, los litigios, las acusaciones, las calumnias y las quejas.
  3. La fuga de capitales.
  4. La distorsión y el desaliento de las inversiones y la privación de ayuda extranjera.
  5. La difusión de la influencia corruptora, el debilitamiento de la incorruptibilidad de los funcionarios, el desperdicio de aptitudes y el alejamiento de personas valiosas, tales como servidores públicos imbuidos de una orientación moderna.

La disminución de:

La racionalidad gubernamental y la eficiencia administrativa por progresiva instauración de una cleptocracia: es decir: el gobierno de los corruptos, por los corruptos, para los corruptos.

  1. la legitimización del gobierno y la estabilidad política.
  2. El coraje político de la gente.

La serie de consecuencias indeseables así reseñadas nos conduce a la necesidad de contribuir desde la perspectiva psicosocial al diseño de estrategias dirigidas a contrarrestar este flagelo.

Para el efecto, se requieren distinguir dos niveles de aplicación de estrategias: el Societal y el Organizacional.

1. Nivel Societal General

En este nivel es necesario analizar la influencia de factores tales como la estructura social, el Estado y la cultura sobre el desarrollo de la conciencia moral del ciudadano, creando condiciones previas favorables a la aparición y fortalecimiento de conductas corruptas.

Una estructura social, tal como la caracteriza Cotler (1978), donde:

    1. Una alta jerarquización social y una discriminación social crean rígidas fronteras de clase y bloquea la instauración de una igualdad de derechos y oportunidades para todos.
    2. Donde la fragmentación de los intereses sociales y la carencia de identidad nacional abonan a favor del desarrollo de una ética corporativa, descrita por Klaiber (1987) mediante la cual se otorga primacía a los intereses individuales, familiares y partidarios en oposición a un débil o inexistente interés nacional.

Un Estado descrito por Cotler (1978) y Rubio (1993) donde:

    1. Falta la universalización impidió el desarrollo de valores y símbolos comunes a su población.
    2. El poder oligárquico gobernó sin arraigo profundo en el país y donde el centralismo siempre ha prosperado en desmedro de la periferia.
    1. Los partidos son gobernados por dirigencias cupulares con escasa renovación, no se promueve el desarrollo de un liderazgo moderno y se ejercen clientelistas de ejercicio del poder.

Una cultura donde se detecta:

a. Una carencia de integración, una mistificación de los valores y una inautenticidad de las actitudes (Salazar Bondy,1966).

b. Y donde ejerce una marcada influencia la pauta cultural de la viveza criolla, entendida como la utilización de la inteligencia y de la creatividad para la violación de las normas.

Los factores así descritos proporcionan contenidos al proceso de socialización del niño y del adolescente peruano, quienes aprenden que para supervivir y prosperar, para obtener notas aprobatorias, para ganar licitaciones, introducir mercaderías de contrabando, obtener fallos judiciales favorables o conseguir la anulación de papeletas de tránsito se debe pagar una coima, que la coima es algo "normal" por la cual no hay por qué sentir remordimientos y que es beneficiosa porque contribuye a elevar nuestra satisfacción y bienestar.

Este proceso de aprendizaje puede ocurrir sobre la base de la observación e imitación de modelos exitosos, es decir, de la conducta de personas que prosperan a base de sobornos, haciendo alarde de la facilidad con que lo logran, de la rentabilidad de tal acción y de la impunidad de la que gozan. Paralelamente, puede darse el aprendizaje por reforzamiento, después que el futuro ciudadano da o recibe su primera coima y mediante ella obtiene lo que desea. Ello contribuye a elevar la probabilidad de la ocurrencia futura de tal conducta, y, si a ello se agrega la falta de recompensa y hasta la sanción social por efectuar conductas de honradez, la resultante será la extinción paulatina de las conductas éticas.

Las etapas del Proceso de Desarrollo Moral de Kohlberg (Kohlberg y Turriel, 1981) pueden constituir un importante marco de referencia para el análisis de esta problemática.

Dichas etapas son:

a. Preconvencional

Donde la moralidad está basada en el poder para manipular las consecuencias de premios y castigos para la conducta. Se subdivide en dos subetapas: la del Castigo y obediencia, y la del Relativismo instrumental.

Castigo y obediencia

Se da cuando las consecuencias físicas de la acción determinan la moralidad. La evitación del castigo y la deferencia ante el poder guían la conciencia. Se expresa en verbalizaciones tales como "No acepto coimas porque puedo ir a la cárcel si me detectan".

Relativismo instrumental

Ocurre cuando las necesidades personales, básicamente las propias y, ocasionalmente las de los demás, determinan la moralidad. Aquí la reciprocidad de la satisfacción guía la conciencia. Esta modalidad se trasunta cuando dos congresistas se ponen de acuerdo para contratar con fondos del Estado cada uno de ellos a la amante del otro, basado en la idea de: "Hoy por ti, mañana por mi".

b. Convencional

En esta etapa la moralidad está basada en las expectativas de otros y en el mantenimiento del orden social. Sus subetapas son: la Concordancia interpersonal y la Orientación hacia la autoridad.

Concordancia interpersonal

En ella, la búsqueda de la aprobación determina la moralidad. El concepto "buen muchacho, buena muchacha" guía la conciencia. Quienes funcionan a este nivel aceptan la conducta corrupta de un tercero en base a la idea de que es muy amable o atento con ellos.

Orientación hacia la autoridad

En esta subetapa el deber, el respeto y el mantenimiento del orden social determinan la moralidad. Las reglas de la conducta guían la conciencia. Quienes rechazan sobornos desde esta perspectiva, lo hacen porque los consideran incompatibles con las responsabilidades inherentes a su cargo y porque reconocen que si todo el mundo las aceptara se produciría un caos social.

c. Postconvencional

Nos encontramos aquí con una moralidad basada en principios morales autónomos, con validez y aplicabilidad universales. Sus subetapas son: el Contrato Social y la Ética profesional.

Contrato Social

Donde los valores utilitarios, combinados con las reglas de procedimientos, determinan la conducta. Las reglas de conducta que guían la conciencia son aquellas que son consideradas como medios para lograr fines y no como fines en sí mismos. Por ejemplo: rechazar coimas porque se piensa que, sin honradez, no se logra el progreso de la Patria.

Ética universal

En la que los principios abstractos y universales de justicia y los derechos humanos determinan la moralidad. El respeto a la dignidad de los seres humanos guía la conciencia. Quien actúa en esta etapa de desarrollo moral, rechaza sobornos porque piensa que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, y que la justicia de sus causas debe ser evaluada en función de sus méritos intrínsecos y no en función de la venta de la justicia al mejor postor.

Aún no disponemos de estudios sobre el desarrollo de la conciencia moral en una muestra estratificada a nivel nacional en la sociedad peruana, pero este es un esfuerzo que alguien debería llevar a cabo, con el fin de establecer a qué nivel de desarrollo moral funcionan las personas de diversas edades, clases sociales y culturas de nuestro país. Sobre esta base, se podrían diseñar estrategias de estimulación temprana sobre la base de proponer al educando una serie de situaciones que denotan conflictos éticos para los cuales deberá idear soluciones. Ello contribuiría a optimizar la calidad moral del ciudadano que está siendo producido por la educación formal e informal que actualmente se transmite en el Perú.

2. Nivel Organizacional

Las organizaciones son los intermediarios entre el individuo y la sociedad. El vincularse con ellas es inexorable a lo largo de la vida, dado que el hombre nace, vive, se desarrolla y muere en el seno de las organizaciones tales como el hospital, un ministerio, un municipio, la familia, la escuela, el centro de trabajo y nuevamente el hospital o la agencia funeraria.

El hombre influye en las organizaciones y es a su vez moldeado por ellas a través de diversos canales. El clima laboral puede contener factores que refuercen y debiliten conductas corruptas, y que pueden incluirse en los rubros de: Oportunidad, Necesidad y Actitud (London House, 1982).

La oportunidad

Diversos adagios del folklore criollo nos recuerdan que: "La ocasión hace al ladrón", que "En arca abierta, el justo peca", y que "La virtud es sólo la falta de oportunidad". Con ello se señala la importancia del ambiente en la producción de conductas deshonestas. Más específicamente, se refieren a la oportunidad de obtener alta rentabilidad y alta impunidad cuando los sistemas de control son inexistentes o defectuosos.

La selección y cuidadoso entrenamiento de supervisores puede contribuir a la viabilidad de los sistemas de control.

La función del grupo de pares como instrumento de control es además de vital importancia para detectar indicios de conductas indeseables tan pronto comienzan a manifestarse y para aplicar correctivos que suelen ser más eficaces que los provenientes del supervisor inmediato.

Adicionalmente, la informática representa un valioso recurso para cruzar información y detectar rápidamente un sector de irregularidades que pueden culminar en el corte del vínculo laboral con el trabajador deshonesto.

La necesidad

Existe otro adagio que nos recuerda que "La necesidad tiene cara de hereje". Estas condiciones se dan cuando el nivel salarial no alcanza para satisfacer las necesidades básicas de alimentación, vestido, vivienda o educación, abonándose así el campo para la corrupción. Un afán excesivo de una organización para maximizar utilidades en desmedro de la calidad de vida de los trabajadores puede contribuir a este resultado. De allí la importancia de mantener un sistema salarial que permita equilibrar la satisfacción de estas necesidades con la rentabilidad de la organización.

La actitud

Las actitudes condicionan las normas como se satisfacen las necesidades. Dada la oportunidad y la necesidad, las actitudes deshonestas de los empleados les permiten racionalizar la corrupción y aceptarla como solución. Los empleados honestos resistirán más las tentaciones debido a sus fuertes convicciones morales.

La importancia de este factor nos sugiere las siguientes medidas a nivel organizacional:

(1) Reclutamiento y Selección

Efectuar procedimientos objetivos y pluridimensionales de evaluación de postulantes a los cargos disponibles en la organización. Utilizar criterios diversos tales como: evaluación del currículum vitae, de conocimientos, de aptitudes, personalidad e integridad moral; entrevista personal, muestra de trabajo y chequeo de referencias judiciales y policiales con el fin de garantizar la idoneidad profesional y moral de los ingresantes. Estas acciones deben encargarse a áreas de Recursos Humanos dotadas con personal calificado y que cuente con suficiente apoyo de la Alta Dirección como para minimizar cualquier contaminación originada por el nepotismo, la vara y el tarjetazo.

Recursos como éstos pueden contribuir a liberar a instituciones de personas con alto índice de "maquiavelismo", proclives a la corrupción y caracterizados por lograr sus propósitos rompiendo promesas, usando "trucos sucios", saboteando proyectos de moralización, actuando con duplicidad, expresando un falso compromiso con los ideales de la institución y engañando o manipulando a los demás en relación con sus verdaderas intenciones, es decir: acrecentar su poder, influencia o riqueza a cualquier precio.

El Síndrome del maquiavelismo puede servir de base a la actuación de "delincuentes de cuello blanco y/o duro" (Collins y Schmidt, 1993) caracterizados por una visión esencialmente inmoral del mundo y de la vida, actitud extravertida en sus relaciones sociales, tienden a ser populares con otros y muy involucrados en actividades grupales. Tienden a engañar fácilmente a otros. Son socialmente activos, pero al mismo tiempo autoindulgentes y carentes de autocontrol, responsabilidad social y honradez.

El trasunto criollo de este tipo humano fue descrito por Ana María Gazzolo (1990) como:

....un individuo inescrupuloso, siempre dispuesto a colocarse en una buena posición y a cortar la mejor tajada del pastel; alguien que piensa que cada cosa que haga debe reportarle un claro beneficio económico o una mejora de estatus, aunque ese acto esté comprendido en el área de sus obligaciones; un hablador que no es fiel a su palabra, alguien que siempre encuentra la oportunidad de cobrar un "favor"; un arribista que merodea a quien ha podido triunfar en algún aspecto; un empecinado en tener la razón aunque carezca de ideas y rechace decir y escuchar la verdad. Esta imagen negativa del peruano, corruptible y desprovisto de sinceridad, es la figura que más daño le hace al país y es el que más movilidad tiene, el que más aparece y el que puede venderse a cualquier postor; a este modelo de individuo no hay que dejarlo actuar.

(2) Inducción y Capacitación

a. Diseñar un Código de ética institucional sobre la base de información proveniente de los objetivos de la organización y de encuestas al personal con el fin de estructurar, en primer lugar, en primer lugar, un repertorio de conductas indeseables observadas y que requieran ser sustituidas por un repertorio de conductas deseables que los propios trabajadores deben elaborar.

b. Incluir la exposición y discusión de dicho código en programas de inducción para personal de reciente ingreso y en los contenidos de charlas periódicas de reforzamiento valorativo.

c. Capacitar supervisores para el liderazgo eficaz, encaminado a los ideales de la calidad total.

En el mismo sentido, pueden instituirse talleres de creatividad para la solución de problemas, combinando el método de solución de problemas con técnicas grupales tales como el análisis de casos, la discusión en pequeños grupos, la lluvia de ideas y el plenario, encaminadas a buscar conjuntamente soluciones creativas para resolver o para prevenir la aparición de problemas de corrupción en la organización.

Una experiencia basada en esta metodología se llevó a cabo (Gonzáles, 1992) dentro del Seminario de Facilitación Turística organizado por el Vice Ministerio de Turismo y Foptur para 60 Inspectores de ZOTAC que laboraban en el Complejo Fronterizo de Santa Rosa. Los participantes produjeron 43 soluciones que se clasificaron en las áreas de: 1) Administrativo estructural, 2) Flujos de operaciones y 3) Recursos Humanos.

Se informó de los resultados a la Gerencia de ZOTAC, pero no se obtuvo ninguna creación y ninguna de las sugerencias fue implementada. Desconocemos las razones para ello, pero este silencio nos sugiere que la probabilidad de implementación exitosa de las acciones creativas anticorrupción sugeridas por los participantes es escasa cuando emanan de un simple evento incluido dentro de un programa de capacitación, cuyos fines no abarcan el cambio organizacional en todos sus niveles y cuando no se cuenta con el apoyo de la Alta Dirección para la aplicación institucional de este tipo de estrategias.

d. Incentivos.- Reforzar las conductas honestas mediante diversas recompensas que otorguen un valor social preminente a la honradez, sobre la base de concursos anuales de integridad.

e. Disciplina.- Sancionando la conducta deshonesta con presteza, impidiendo que el mal ejemplo cunda. De esta forma, se demuestra la capacidad de respuesta institucional ante las infracciones éticas.

f. Estrés.- El escaso desarrollo de la conciencia moral del corrupto puede llevarlo a efectuar actos clandestinos de acoso sexual, utilizándolo para lograr favores sexuales a cambio de contrataciones, promociones, reubicaciones e incrementos de sueldo. Aquellas mujeres que no se prestan a este juego pueden recibir diversas presiones y amenazas que incrementan su nivel de estrés y se traducen en: insomnio, nerviosismo, úlceras, etc. que pueden culminar en el abandono del trabajo con el consiguiente desperdicio de recursos humanos y la reducción en la satisfacción en el trabajo en el personal femenino. Como parte de una estrategia anticorrupción deben incluirse normas contra el acoso sexual en el Reglamento Interno y en el Código de ética institucional, así como establecer un procedimiento para resolver las quejas originadas por este tipo e inconducta.

g. Comunicación organizacional. Una actitud receptiva, favorable a la apertura de comunicaciones y facilitadora del flujo de la información mediante canales ascendentes de eficaz funcionamiento del tipo buzón de quejas y sugerencias, entrevistas de satisfacción en el trabajo y de salida del mismo, encuestas, reuniones formales e informales entre jefes y subordinados, etc., puede contribuir a una rápida reacción de la alta dirección frente a los primeros indicios de corrupción. Las denuncias de bona fide debidamente fundamentadas pueden servir para iniciar una acción investigadora por parte de auditoria cuando el caso lo requiera.

h. Cultura organizacional. Entendida como un marco de referencia cognitivo consistente en actitudes, valores, normas de conducta y expectativas compartidas por los miembros de la organización. El análisis de la cultura organizacional tiene diversas utilidades. En lo tocante a la problemática que discutimos, puede revelar la existencia de factores que favorezcan la corrupción, tales como: la inversión de tablas de valores, la desidentificación con la empresa, colusión entre jefes de abastecimientos, proveedores y costumbre de ascender sobre la base de la concesión de favores sexuales. Si la difusión de estos factores está muy extendida el diagnóstico de la cultura puede fundamentar la reorganización, venta o supresión de la entidad.

i. Estrategias de cambio organizacional. Del mismo modo, el diagnóstico organizacional puede señalar la necesidad de aplicar estrategias de reingeniería o de calidad total destinadas a cambiar los procedimientos y la fisonomía general de la institución, incluyendo aquellos antivalores que ocasionaron su deterioro.

Concluimos aquí, reafirmando nuestra fe en la necesidad de utilizar plenamente las contribuciones de las ciencias de la conducta para combatir la corrupción. Se trata de una tarea para varias generaciones que se vincula indesligablemente al problema del cambio de mentalidad en nuestro pueblo, de tal manera que los sistemas educativos formales e informales, societales y organizacionales comiencen a producir un ciudadano de más alta calidad, cuya conducta no entre en disonancia con las demandas de la sociedad peruana moderna del siglo XXI.

Muchas gracias.

viernes, 5 de febrero de 2010

Reflexiones sobre la prensa

César Hildebrandt. Blogger

El periodismo peruano fue fundado por los cronistas de la conquista. Me refiero a aquellos cronistas que relataron, con todas las dificultades imaginables, los sucesos que terminarían con el hundimiento precoz y sanguinario del imperio de los Incas.
Ahora bien, muchos de esos cronistas no se limitaron a relatar hechos, a describir procesos y a elogiar conversiones. Muchos de ellos inventaron hechos, imaginaron procesos y llamaron conversiones a la imposición violenta de una cultura y unas creencias que, vistas con objetividad, incurrían en tantas supersticiones como aquellas que España se empeñó en extirpar en estas tierras.
Muchos cronistas fueron, entonces y para decirlo con lenguaje familiar, periodistas fabuladores y amarillentos, remotos ascendientes de la chicha contemporánea, tatarabuelos de los tatarabuelos de esos periodistas que, hoy mismo, son capaces de llamar bizcocho al pan y agua al vino.
Aquellos cronistas que vieron animales monstruosos donde sólo había parajes nuevos y aguas sin desentrañar, aquellos que inventaron mitos como el de las Amazonas y leyendas como la ciudad del oro siempre inaccesible, lo hicieron, sin embargo, con más candidez que perversidad, con más irresponsabilidad histórica que apetitos a los que obedecer. Pero lo hicieron y fundaron así un género ambiguo, mezcla de historia, relato de actualidad, compendio de mentiras, almacén de inverosimilitudes y registro oral de testimonios verdaderos.
En el Perú del Tawantisuyo no había libros porque no había escritura. En el Perú de los españoles dominadores los libros, sencillamente, se prohibían. En toda la América virreinal la Inquisición prohibió la lectura y creación de novelas, con lo que la primera novela de esta parte del mundo data de 1816, ya en pleno proceso de emancipación, y corresponde al mexicano José Fernández de Lizardi. Estoy convencido de que Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar o José Lezama Lima se vengaron largamente de esa cuarentena novelesca conquistando España con sus libros y su vitalidad creadora. Lo hicieron quinientos años después, es cierto, pero, de algún modo, nos reivindicaron.
Si la novela es un producto tardío en esta América, el periodismo, en cambio, es elaboración que se remonta al siglo dieciséis. Y el Perú es uno de los países con linaje más antiguo en este menester. En efecto, la primera Relación –relato seco y casi notarial de algún hecho- impresa en el Perú virreinal, data del año 1584 y se llamó “Pragmática sobre los diez días del año”. Esta hoja, que todavía puede verse en la Biblioteca Nacional de Lima, da cuenta del nuevo Calendario Gregoriano y fue impresa en la imprenta que el italiano Antonio Ricardo instaló en Lima en el año de 1580.
El historiador del periodismo Lewis Bull considera que Lima se anticipó a Europa en la fabricación de las Relaciones, germen del periodismo, pero Alejandro Miró Quesada insiste en que antes que aquella relación sobre el calendario gregoriano está la relación impresa en Sevilla en 1577 y que trata del viaje a esa ciudad andaluza del rey Fernando.
De cualquier modo, fuimos, junto a México, el centro fundacional del periodismo latinoamericano.
Nuestro primer Noticiario –descripción de hechos variados en una sola publicación- data de 1618 y contenía noticias venidas de Roma, llegadas a Sevilla, y reproducidas en Lima.
Y el primer Diario de Lima, así llamado, circuló restringidamente, hecho a mano, desde 1629 a 1634 y es, junto a Nuevas de Castilla, de 1621, antecedente ilustre de nuestro quehacer. No puedo dejar de decir que el único ejemplar de La Gaceta de Lima, el primer periódico propiamente dicho del Perú, no está en nuestra Biblioteca Nacional sino en la Biblioteca Nacional de Chile, llevado por la soldadesca de nuestro vecino junto a millares de libros de incalculable valor. Debemos decir, además, que esta Gazeta, que tenía vocación periodística evidente y enumeraba hechos como la salida y entrada de los barcos del puerto de Lima, fue la primera de América, lo que hizo del Perú el país fundador de lo que podría llamarse el periodismo formal en esta parte del mundo. Con este linaje, con este pasado, ¿por qué estamos como estamos?
Vivimos una mala época. Vivimos un momento histórico en que la mayor parte de la prensa es parte del problema y no de la solución. Y no sólo aquí, sino en muchas partes del mundo.
La gran prensa parece comprometida con un nuevo pacto universal: las leyes del mercado no se deben discutir, el neoliberalismo sin compasión no se debe discutir, la hegemonía de una sola potencia no se debe discutir.
Lo que antes era una propuesta de los ricos para que nada cambiara pretende pasar hoy por receta mundial y panacea cósmica.
Los que antes juraban que el mundo podía ser mejor si hubiera más humanismo y más justicia, hoy llaman idiotas a quienes no piensan como ellos. Y hay un idiota llamado Álvaro Vargas Llosa que le pide a su papi que le haga propaganda a sus libros y su papi se la hace y, de paso, llama idiota también a Noam Chomsky, ejemplo de intelectual comprometido con las buenas causas, o sea con las causas perdidas.
Parece un shakespereano cuento de locos contado por idiotas, pero ahora resulta que hay gente que insiste en que la historia ha terminado, que el neoliberalismo es la máxima creación del cerebro humano y que las invasiones y brutalidades del imperio son injerencias democráticas, excursiones civilizadoras y masacres pedagógicas hechas en nombre de Dios.
Bueno, Sartre, el brillante Sartre, también pensó que el marxismo era la filosofía insuperable de su época y miren en qué acabó el marxismo: en Boris Yeltsin borracho celebrando la extinción de su país.
Sucederá lo mismo esta vez. Pero sucederá a pesar de la gran prensa, comprometida hasta el tuétano con los intereses corporativos mundiales, vendedora de conformismo, cobra que quiere hipnotizarnos y hacernos creer que los pobres son una realidad irremediable, que el Estado debe empequeñecerse hasta casi desaparecer, que el TLC con los Estados Unidos es magnífico para todos y que libertad y mercado son socios de la misma aventura posmoderna.
La gran prensa no tiene ahora otra responsabilidad social que la apuesta corporativa por el statu quo. Esa perspectiva dicta sus coberturas, maneja sus editoriales, califica a sus colaboradores y aconseja sus silencios.
La gran prensa ha llegado a la conclusión interesada de que el mundo, en esencia, está mejor que nunca y que sólo merece, acaso, ciertos retoques. Es por eso que sólo hace cuestionamientos secundarios, anecdóticos y banales sobre el sistema económico que ancla a los pobres en su pobreza. La gran prensa, en suma, es parte del sistema mundial de dominación. Puede cuestionar, hablando del mundo, que Obama envíe 20,000 soldados más al frente de Irak pero jamás discutirá la naturaleza criminal y petrolífera de la invasión norteamericana sobre Irak. Puede cuestionar, hablando del Perú, una licitación más o menos tronante pero jamás cuestionará este sistema que le permite al señor Dionisio Romero elegir el tribunal que lo habrá de juzgar y salir absuelto de cara a los mismos hechos que enviaron a la cárcel a otros.
La gran prensa está en eso de que la búsqueda ha terminado. Es una prensa que se ha hecho parte del poder. Es el pesebre que terminó en el Osservattore Romano, la pregunta que dejó de interrogar, el cuestionamiento que derivó en silencio.
Será la sociedad, entonces, la que deberá exigirle a la prensa que ayer le servía que vuelva a sus orígenes, a sus deberes intrínsecos. La gran prensa ha roto su pacto con el interés público y se ha sometido a las exigencias homogenizadoras del sistema.
George Orwell dijo que la libertad consiste en el derecho de decir a los demás lo que no quieren oír. Serán los consumidores los que tengan que decirle a la prensa el tamaño de sus omisiones. Porque muchos hablan de la crisis universal de la prensa. Pero lo que no dicen es que esa crisis es, fundamentalmente, una crisis de contenidos y un resultado de sucesivas y crecientes cobardías. La prensa no está condenada a desaparecer. Desaparecerá la que insista en olvidar a Émile Zola.

http://bloghildebrandt.blogspot.com/2010/01/reflexiones-sobre-la-prensa.html

La Derecha de nacimiento

" Jugando a ser de la centro derecha "


César Hildebrandt Blog


En el fondo de toda discusión sobre la sociedad que queremos está el asunto de qué hacemos con los pobres.

Ser de derecha consiste en creer que los pobres se lo tienen merecido. O si no se lo tienen merecido, que poco han hecho para dejar de ser lo que son.

Ser de centro consiste en querer cambiar las cosas pidiéndole a los ricos que inviertan más en la creación de empleos.

Ser de centro-izquierda consiste en creer que todos tenemos derecho a ser mirados como humanos.

Y no hablo de la izquierda neta y dura porque entiendo que ésta, para todos los efectos, ha dejado mundialmente de existir.

La derecha le pone pausa al control remoto y se va a comer con la familia. Está convencida de que la historia se puede congelar en una imagen catódica y piensa que el equilibrista sobre la cuerda será capaz de demorar su arrojo los siglos que haga falta.

O sea que el derechista confunde la historia con un nacimiento de cartón –de allí a Fukuyama, inventado por la Sony y propagado por la Rand Corporation, hay un solo paso– y está seguro de que los borregos se quedarán siempre en su sitio y el niño no habrá de crecer y tatatín tatatán.

Por eso es que no hay derecha sin violencia. Porque eso de mantener todo en su sitio requiere de legiones romanas, inquisiciones, ejércitos, cardenales y huachimanes. Si la monarquía absoluta pereció en el intento de inmovilizar la historia, la derecha de hoy perecerá negando la historia al estilo Fukuyama.

Como se sabe, Fukuyama fue tan pelotudo que creyó que la aceptación universal de la economía de mercado le ponía punto final al asunto y que todos pasaríamos por caja suscribiendo a los Reagan, las Thatcher y a la gorda Albright (de Clinton), que era la más zafia de las descocadas.

En el mar de la economía de mercado caben ballenas de diferencia: el Estado tuitivo, el Estado empresario y co-empresario, la identidad cultural, la defensa del medioambiente, los sectores no sometidos a la codicia legal de lo privado, la creciente igualdad de oportunidades, la salud y la educación como derechos básicos, la política tributaria, la lucha contra los monopolios y los fraudes, la batalla contra la hegemonía asesina de los Estados Unidos, etc., etc., etc.

¿Ya ven que la historia no ha terminado, como aseguraba aquel pelotas?
Pues bien, cada vez que la historia no termina –ya sea a nivel doméstico o en el terreno internacional– a la derecha le da la pataleta y pide bala, hostias con veneno para los curas que no se dedican a salvar almas sino cuerpos aquejados por el plomo o el cianuro, cacerinas enteras de armas largas para los indios comecoca, patadas para las indias comemierda –sí, hay racismo detrás de casi todas las injusticias–, comunicados para tranquilizar los directorios.

Pero la historia no termina de terminar. Y las rabietas son cada vez más agudas. “Si la historia se está moviendo es porque hay quienes la empujan”, dicen los rabietudos.

Y de inmediato se les viene a la cabeza un montón de barbudos con sus bluyines y sus oenegés, un montón de mujeres –seguramente medio putonas o por lo menos promiscuas– que hablan de las napas freáticas y las vainas esas de las regalías por los huecos que van a quedar.

Y por eso tampoco hay derecha sin negación de la realidad. Porque la realidad es que hay una feroz injusticia en el mundo pero la derecha quiere que nos narcoticemos con sus películas y pensemos que el mundo está de fiesta inolvidable y que Jeff Bush es un tipazo.

Por donde se le mire, la apuesta inmovilizadora de la derecha es algo que no puede triunfar. De allí su cólera, que siempre tendrá algo de póstuma, un tufo a profecía de cadáver.

Porque cuando todo le falla, cuando la ley no basta sino que sobra, la derecha entonces toca su sirena, ulula como editorialista de The Economist y llama a su pinochet de turno para que vuelva el nacimiento de cartón al tiro.

Y cuando Pinochet, interpretando correctamente su papel de capataz con capa, mata como Jack el Destripador y roba como un cleptómano, la derecha dice: “Oh, jamás lo sospeché”.

Lo mismo dijo aquí de Fujimori, su Chinochet añorado, el ponja que les baldeó la casa como nadie.

Y además está el insulto ese de que esta derecha que chorrea sangre aquí o en Chile, en Indonesia o en España, en Alemania (sí, la derecha alemana estuvo con Hitler) o en Estados Unidos (pregúntenle a Dick Chenney), esta derecha prontuariada, digo, encima se dice liberal, robándose un precioso título, un grado humanista, un diploma sofisticado que consiste en creer en dos cosas fundamentales: 1) que el individuo vale más que el Estado; y 2) que todos tenemos, jeffersonianamente, los mismos derechos.

¿Con qué derecho los Yamamoto de la derecha peruana se llaman liberales si creen sólo en su propia libertad? ¿Por qué liberales si están dispuestos a volver a los brazos de Chinochet apenas las papas quemen? ¿Por qué liberales si no sienten prójimos sino a sus presuntos iguales?

¿Por qué liberales si no saben quién es Popper ni Hobbes ni Rawls ni Sartori? ¿Por qué liberales si habrían sido capaces de almorzar con Videla? La derecha ha secuestrado el término liberal. Veremos cuánto pide por su rescate.