domingo, 18 de septiembre de 2011

 El VRAE nos toca la puerta

Por Jorge Bruce
El relato del capitán Matallana, publicado este sábado en La República, acerca de las circunstancias en las que tuvo que hacerse cargo del helicóptero atacado por sicarios del narcotráfico, es heroico y desgarrador. Es tan cinematográfica la secuencia de escenas evocadas por el valeroso oficial del Ejército, que es preciso hacer un esfuerzo para no dejarse llevar por la fascinación proveniente de las películas de guerra, con las que Hollywood nos ha seducido desde niños. Pero esto no es el cine. Esto es el VRAE. Esto es el Perú. Y las balas que mataron al comandante Esneider Vásquez y al capitán Jenner Vidarte no eran de utilería.
Peor aún: todo indica que eran armas y municiones del Ejército que habían sido robadas en un ataque previo a otro helicóptero en la zona.
Siendo admirable el comportamiento de estos hombres que han dado su vida en esa guerra, cabe preguntarse si sus muertes tienen sentido. Pienso en la indignación del ministro del Interior, quien visitó el VRAE y constató lo que ya sabíamos: les falta todo. Si bien es cierto que en combate las muertes son inevitables, tal como lo reconoce el propio Matallana y lo sabía el comandante Vásquez, no hay que ser un fino estratega militar para darse cuenta que si estos comandos tuvieran los equipos adecuados en cantidad suficiente, la probabilidad de estos asesinatos disminuiría considerablemente.
En cierto modo, el Gobierno anterior y la sociedad en su conjunto, hemos repetido con el VRAE lo que sucedió en los años de la guerra contra Sendero Luminoso. Le hemos dado la espalda a esa zona que consideramos tan inaccesible como un universo paralelo. La verdad es que no nos sentimos concernidos por la tragedia que está ocurriendo en esas zonas del país. Es como si no fueran parte de nuestro país. No voy a opinar acerca de si es correcta la estrategia de enviar al Ejército en vez de la Policía, pues ese es un debate de especialistas. Pero sí me toca hacer notar que, una vez más, nos desentendemos de lo que, en apariencia, no afecta nuestra vida cotidiana. Hasta que, por supuesto, la tragedia toca a nuestra puerta, como les ha sucedido a los familiares de los militares asesinados en el cumplimiento de su deber.
Esa indiferencia hacia lo que no me duele en carne propia es el más acertado diagnóstico de la fragilidad de nuestro lazo social.
Esos hombres murieron por defendernos a todos. En consecuencia, estamos en deuda con ellos y sus familias. Más allá de los ascensos póstumos y las condecoraciones, nos corresponde compartir su dolor y hacer algo al respecto. Lo primero sería dejar de vivir como si esa violencia no fuera problema de todos. Ya hemos pasado por ese proceso de negación y los resultados los conocimos, cuando ya era muy tarde, gracias al informe de la CVR (el que muchos se empeñan en desmentir todavía hoy).
Inclusión social no significa solo gasto de dinero en obras públicas. Es en primer lugar reconocimiento de formar parte de una comunidad de iguales, en la que, tal como hizo el capitán Matallana con sus compañeros de combate, cuando uno cae, otro toma el timón para poner a salvo a los demás. Ojalá que ese sacrificio nos haga reaccionar.

Cortesia: Diario la Republica

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