HEMOS VIVIDO ENGAÑADOS
Columnistas:
José Villaorduña
De pronto parece que es posible bajar el costo de las llamadas
telefónicas por una acción del organismo regulador, y así ir saliéndonos
más temprano que tarde del selecto grupo de países con las tarifas de
telefonía más altas de la región. También parece que esa catástrofe
vaticinada por supuestos especialistas y periodistas, de que las mineras
se irían volando del país si se hacía el más mínimo esfuerzo por
cobrarles más impuestos, no pasó de ser un mero chantaje. Por primera
vez vemos que se cuestiona la renovación de los (millonarios) permisos
pesqueros a empresas que mantienen litigios o deudas con el Estado, y
que se hace público que las mineras no pagan sus multas. Parece también
que es posible que los reguladores logren bajar las tasas de interés
promedio de los préstamos y hasta las aparentemente rígidas y sagradas
comisiones que cobran las AFP.
¿Por qué hemos tenido que esperar a que un gobierno de izquierda consiga
los beneficios que el liberalismo había prometido como recompensa por
abrazar los postulados del libre mercado?Ingenuidad, es
la primera palabra que viene a la cabeza, de parte de quienes creyeron
que el mercado era más que suficiente para autorregularse y conseguir el
máximo beneficio para los consumidores. Sin embargo, no deberíamos
descartar el lobbismo interesado que aceita comisiones congresales y
hasta periodistas, para pintarnos un paraíso de mercado en el que solo
cabe esperar sentados a que los beneficios chorreen por el mágico efecto
de una mano invisible.
El libre mercado funciona, sí, pero solo si tiene al frente a
reguladores fuertes e independientes. Pero el hecho es que, desde que
fueron creados, los organismos reguladores han tenido un desempeño que
la mayoría de las veces ha sido decepcionante, lo mismo que gran parte
de los medios de comunicación y periodistas que, se supone, debían
haberse puesto del lado de los consumidores antes que comportarse como
meros corifeos de particulares intereses empresariales.
Para que una economía de mercado funcione como debe, tenemos que ser
conscientes de que los partícipes del mercado no actúan por altruismo,
sino como advirtió el propio Adam Smith, motivados por su codicia. Y si
la codicia es lo que mueve a las empresas, no podemos esperar a que
mercados imperfectos (como son los que existen fuera de los modelos
amparados en el “ceteris paribus”) sean suficientes para obtener lo
mejor de cada una de ellas.
Durante los últimos quince años nos vendieron una versión
autosuficiente e intocable del mercado. Y lo que dicta la competencia,
si seguimos creyendo en ella, debería llevarnos a descartar como voceros
válidos a todos aquellos que se desgañitaron pronosticándonos un futuro
terrible si nos atrevíamos a ajustarle las clavijas al modelo. Tal vez
sea hora de empezar a jubilar a algunos falsos predicadores.
Cortesia: diario 16

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