lunes, 19 de septiembre de 2011

 
HEMOS VIVIDO ENGAÑADOS

Columnistas: José Villaorduña

 De pronto parece que es posible bajar el costo de las llamadas telefónicas por una acción del organismo regulador, y así ir saliéndonos más temprano que tarde del selecto grupo de países con las tarifas de telefonía más altas de la región. También parece que esa catástrofe vaticinada por supuestos especialistas y periodistas, de que las mineras se irían volando del país si se hacía el más mínimo esfuerzo por cobrarles más impuestos, no pasó de ser un mero chantaje. Por primera vez vemos que se cuestiona la renovación de los (millonarios) permisos pesqueros a empresas que mantienen litigios o deudas con el Estado, y que se hace público que las mineras no pagan sus multas. Parece también que es posible que los reguladores logren bajar las tasas de interés promedio de los préstamos y hasta las aparentemente rígidas y sagradas comisiones que cobran las AFP.
 
¿Por qué hemos tenido que esperar a que un gobierno de izquierda consiga los beneficios que el liberalismo había prometido como recompensa por abrazar los postulados del libre mercado?Ingenuidad, es la primera palabra que viene a la cabeza, de parte de quienes creyeron que el mercado era más que suficiente para autorregularse y conseguir el máximo beneficio para los consumidores. Sin embargo, no deberíamos descartar el lobbismo interesado que aceita comisiones congresales y hasta periodistas, para pintarnos un paraíso de mercado en el que solo cabe esperar sentados a que los beneficios chorreen por el mágico efecto de una mano invisible.
 
El libre mercado funciona, sí, pero solo si tiene al frente a reguladores fuertes e independientes. Pero el hecho es que, desde que fueron creados, los organismos reguladores han tenido un desempeño que la mayoría de las veces ha sido decepcionante, lo mismo que gran parte de los medios de comunicación y periodistas que, se supone, debían haberse puesto del lado de los consumidores antes que comportarse como meros corifeos de particulares intereses empresariales.
 
Para que una economía de mercado funcione como debe, tenemos que ser conscientes de que los partícipes del mercado no actúan por altruismo, sino como advirtió el propio Adam Smith, motivados por su codicia. Y si la codicia es lo que mueve a las empresas, no podemos esperar a que mercados imperfectos (como son los que existen fuera de los modelos amparados en el “ceteris paribus”) sean suficientes para obtener lo mejor de cada una de ellas.
 
Durante los últimos quince años nos vendieron una versión autosuficiente e intocable del mercado. Y lo que dicta la competencia, si seguimos creyendo en ella, debería llevarnos a descartar como voceros válidos a todos aquellos que se desgañitaron pronosticándonos un futuro terrible si nos atrevíamos a ajustarle las clavijas al modelo. Tal vez sea hora de empezar a jubilar a algunos falsos predicadores.

Cortesia: diario 16

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