¿Derecha sodomizada?
No deja de sorprender el creciente grado de virulencia e intolerancia
que muestra un sector de la derecha peruana. Actúa y sobrerreacciona
frente a cualquier atisbo de lo que ella considera una alteración del
statu quo con una intensidad que, creemos, no se basa en razones
ideológicas (basta escudriñar un poco las argumentaciones respectivas
para percatarse que no hay, precisamente, muchas ideas detrás de sus
pasiones encendidas).
Las cuotas de racismo, clasismo, homofobia y discriminación general
frente a quien piense distinto son tan altas que ameritan un análisis
psicológico más que político. Hasta en el plano religioso es
sorprendente el crecimiento de las órdenes ultraconservadoras y, lo que
es más preocupante, su poco devota agresividad.
Los traumas políticos, sociales y económicos sufridos durante el
velascato y el primer gobierno de García –sumados, sin duda, a los
pavores del los tiempos del terrorismopodrían ayudar a explicar mejor
este fenómeno.
Un sector de la derecha peruana parece haberse sentido víctima de una
suerte de “abuso ideológico infantil”, de “sodomía intelectual”, que le
ha generado traumas imborrables y que la hacen temer, con genuina
preocupación, que el riesgo de una reedición de tales hechos pueda
volver a ocurrir. Los que eran jóvenes o niños durante el velascato hoy
tienen alrededor de 50 años.
Los que eran jóvenes o niños durante el velascato hoy tienen alrededor
de 50 años. Los que lo eran durante el primer aprismo, hoy bordean los
30. Y los “hijos de Sendero” frisan los 20.
Tres generaciones han sido marcadas a sangre y fuego por hechos sin
duda fuertes y sobrecogedores, pero que deberían ser superados. Quizás
ello explica el grado de virulencia de muchos que se sienten en la
necesidad de vengar lo ocurrido y, atrapados en el pasado –como sucede
con todo trauma- son incapaces de ver el presente y el futuro con algo
más de realismo y sensatez.
Si fuera posible, habría que echar en un diván colectivo al país y ver
si se logra liberar de esas ataduras a muchas personas retenidas en una
telaraña de odio, venganza, afán justiciero cuya lejanía de la realidad
los convierte en agentes opuestos a cualquier cambio.
Si aspiramos a la constitución de una derecha liberal o siquiera más
moderna, que acompañe el desarrollo del país sin hacer del capital un
fetiche sagrado –la economía no lo es todo, pues-, deberá producirse un
efectivo proceso de autoanálisis que logre desterrar la subsistencia de
este espacio retrógado en nuestra sociedad. El futuro es promisorio y se
necesita para su construcción de la participación, así sea crítica, de
todos los sectores ciudadanos. Y la patología derechista conservadora
debe ser la primera en ser extirpada para lograr que ello ocurra.

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