El presidente Humala viaja a Bagua y promulga la Ley de Consulta
Previa. El Congreso en pleno viaja a Ica y realiza una sesión
descentralizada. “Populismo”, grita la derecha oligofrénica. “Gasto
público innecesario”, reclaman los pseudoliberales rentados por la gran
empresa.
Lo cierto es que en ambos casos, lo hecho es positivo. Devuelve la política a la calle, lugar del que nunca debe apartarse. Los políticos salen de sus escritorios y acuden al origen de su mandato y poder.
Es ese microcontacto con el pueblo lo que le dio, dicho sea de paso, los altos índices de aprobación de los que gozó Alberto Fujimori. Es la forma de hacer política que antaño era parte del legajo cotidiano de los partidos. El pueblo hace tiempo aprendió que es en la calle donde se hace política. Ya era hora que los ocupantes del poder también lo hagan.
Así surgió y se formó el Apra, bajando a bases, efectuando trabajo de campo permanente. Lo mismo la izquierda. Ese esfuerzo hormiga era el cimiento activo de los movimientos políticos.
Muchos han creído estos años que esa forma de hacer política no solo era anticuada sino que, además, perniciosa. Los propios políticos llegaron a pensar que los medios de comunicación y su alcance masivo podían reemplazar el contacto directo con el pueblo.
En la cosmovisión más torpe de los creyentes en el libre mercado, se pensaba, inclusive, que la política debía desaparecer paulatinamente, restringiéndose a un simple ritual electoral cada cuatro o cinco años. La realidad les ha reventado en la cara. La democracia se gana en la cancha, no en la mesa.
Lo cierto es que en ambos casos, lo hecho es positivo. Devuelve la política a la calle, lugar del que nunca debe apartarse. Los políticos salen de sus escritorios y acuden al origen de su mandato y poder.
Es ese microcontacto con el pueblo lo que le dio, dicho sea de paso, los altos índices de aprobación de los que gozó Alberto Fujimori. Es la forma de hacer política que antaño era parte del legajo cotidiano de los partidos. El pueblo hace tiempo aprendió que es en la calle donde se hace política. Ya era hora que los ocupantes del poder también lo hagan.
Recordamos tiempos universitarios a inicios de los 80 cuando a sinfín
de polémicas de aula iban líderes de la talla de Armando Villanueva,
Andrés Townsend, Javier Diez Canseco, Roberto Ramírez del Villar, etc.,
etc. ¿Afán de ganar votos entre la población estudiantil? En absoluto.
Era parte de su trabajo político. Así lo entendían y practicaban.
Así surgió y se formó el Apra, bajando a bases, efectuando trabajo de campo permanente. Lo mismo la izquierda. Ese esfuerzo hormiga era el cimiento activo de los movimientos políticos.
Muchos han creído estos años que esa forma de hacer política no solo era anticuada sino que, además, perniciosa. Los propios políticos llegaron a pensar que los medios de comunicación y su alcance masivo podían reemplazar el contacto directo con el pueblo.
Las consecuencias saltan a la vista. Y no solo en el Perú. Veamos si no
lo que pasa en estos momentos en España, Gran Bretaña, Francia, Italia,
hasta en Israel. La política de gabinete ha destruido los vasos
comunicantes de la democracia con el pueblo y éste reacciona activamente
contra un modelo de participación política que no va acorde con el
paralelo desarrollo del mercado.
En la cosmovisión más torpe de los creyentes en el libre mercado, se pensaba, inclusive, que la política debía desaparecer paulatinamente, restringiéndose a un simple ritual electoral cada cuatro o cinco años. La realidad les ha reventado en la cara. La democracia se gana en la cancha, no en la mesa.
Cortesia: Diario 16

No hay comentarios:
Publicar un comentario