Algo se mueve en los predios de la izquierda. Reencuentros con
ciudadanos de a pie que mantienen aún una cierta expectativa de cambio
en el gobierno, pero expresan al mismo tiempo un ánimo contestatario.
Reuniones semanales de los diversos partidos y movimientos de izquierda
con miras a una acción conjunta tanto en la coyuntura como en el
mediano y largo plazo. Preparación de eventos ciudadanos y partidarios
que anuncian el abandono del letargo y la puesta en marcha de un poder
en movimiento. Todas estas movidas apuntan, al parecer, a la
conformación de una fuerza política de izquierda como alternativa de
gobierno.
Si quiere gobernar las regiones en el 2014 y el país en el 2016, la
izquierda está obligada a realizar una serie de tareas políticas
indispensables. En primer lugar, debe convocar a la unidad de los
partidos y los movimientos (nacionales y regionales) de ese signo que
quieren realizar la gran transformación en democracia. Eso supone el
abandono de las nostalgias y los dogmas del pasado y la superación de la
desconfianza y del espíritu faccioso. En segundo lugar, ella está
llamada a hacer un balance crítico y autocrítico del 80 en adelante.
Hay avances significativos en esa dirección. Es el caso del libro
editado por Alberto Adrianzén, cuya presentación desbordó el auditorio
de la BNP.
En tercer lugar, la izquierda tiene que ofrecer una visión del Perú en
el largo plazo que defina un horizonte utópico movilizador. Es necesario
recuperar el derecho de los peruanos a soñar en un Perú ideal. Los
pilares de esa sociedad soñada son los eternos ideales de la justicia,
la libertad, la solidaridad y la autonomía del Perú en el mundo
globalizado. En cuarto lugar, la izquierda tiene que partir del Perú
actual con sus continuidades y sus cambios. Para bien o para mal, este
país ya no es el mismo de los 70. Se tiene que tener en cuenta los
cambios producidos para mantenerlos o para superarlos. Salvo uno, el de
la servidumbre rural y la independencia de los campesinos, los grandes
clivajes que definen la estructura social, económica, política y
cultural del país (dependencia-autonomía,
modernidad-tradición,capital-trabajo,centralismo-descentralismo,
homogeneidad-diversidad cultural) se mantienen en pie, pero ha cambiado
el peso y la importancia de cada uno.
La conformación de la izquierda como un frente amplio, de su
estrategia y de sus tácticas tiene que partir de la articulación
ponderada de estos clivajes. Los partidos no se fundan por decreto ni
por refinados diseños institucionales. Se forman en la lucha que nace de
estos clivajes. En quinto lugar, la izquierda debería abandonar el
esquema schmittiano (también leninista) de amigo-enemigo en el campo de
la política interna. Esa concepción conduce a ver la política como
guerra y como confrontación permanente. Lo que la izquierda tiene que
evitar sobre todo es la mezcla de la política con la religión o con la
ética que conduce a la idea de una enemistad absoluta. Según esta tesis
todos los enemigos son malos y hay que eliminarlos.
En sexto lugar, la izquierda está obligada a defender el
Estado-nación como espacio de ejercicio de la ciudadanía y de la
democracia mientras no se invente la comunidad sudamericana que integre a
los Estados-naciones actualmente existentes. Eso implica el impulso de
políticas que encaucen y hagan gobernable la globalización. En sétimo
lugar, la izquierda debiera postular los avances de la ciencia y la
tecnología como base del desarrollo y revalorar a los intelectuales y a
los organizadores de cultura como creadores de proyectos políticos,
culturales y morales y de espacios de hegemonía y de integración social y
nacional. En esta tarea juegan un papel muy importante los medios que,
en su mayoría, han sido monopolizados por la derecha. Felizmente hay
medios y programas que ponen el toque del pluralismo. Pero sobre todo
están las redes sociales y el internet, el diario libre en el que pueden
comunicarse un número creciente de ciudadanos.
En octavo lugar, la izquierda está llamada a adecentar la política
convertida por algunos políticos y gobernantes en un albañal. Política y
ética son realidades diferenciadas, pero no debieran caminar separadas.
Entre los fines buenos y los medios no siempre santos de la política,
la izquierda tiene que colocar los valores que adecentan la política. En
noveno lugar, la izquierda tiene que acompañar y expresar (en el campo
de la política) las demandas contestatarias y negociadoras de los
ciudadanos que constituyen un poder en movimiento. Finalmente, si la
izquierda quiere gobernar tiene que ganar a las clases medias rescatando
sus valores de progreso y sus exigencias de respeto a la libertad.
Fuente:ww.larepublica.pe/columnistas/el-zorro-de-abajo/la-izquierda-despierta-y-se-despabila-04-03-2012


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