
Más allá de los programas sociales que se puedan implementar para reducir los niveles de pobreza, el proceso más sano, duradero e irreversible es aquel que proviene del aumento de la riqueza y el consecuente crecimiento del empleo.
Una cosa es aliviar la pobreza o reducirla a punta de subsidios monetarios que dada la gravedad de la situación son, por cierto, enteramente justificables- y otra, muy distinta, es reducirla merced a la incorporación laboral de ciudadanos que no accedían previamente a un empleo.
Y ello se logra solamente haciendo que el país siga creciendo a tasas cercanas o superiores al 8%. Por cada punto porcentual que el PBI crece por encima del 2% -en el que se mantiene el statu quo, dado el crecimiento poblacional-, dejan de ser pobres 150 mil peruanos en un lapso de cinco años. Si crecemos, por ejemplo, a una tasa de 4% en lugar de 6%, de acá al 2016 serán 600 mil los peruanos que no pudieron salir de la pobreza.
Dar señales de confianza a la inversión privada no es, por ello, un asunto de componendas con gremios empresariales o concesiones al gran capital. Los principales afectados con la retracción de las inversiones no son los inversionistas, sino el pueblo más pobre que pierde empleos e ingresos.
Ollanta Humala ha logrado ya tranquilizar a los empresarios más inestables y cobardones. Muy pocos, a estas alturas, deben creer que efectivamente el suyo será una copia fiel del esquema chavista en el Perú.
Pero nunca sobrarán los señalamientos al flamante presidente electo de que eso no basta. No es suficiente que destierre la histeria reinante. De la tranquilidad debe transitar hacia la confianza. Sólo así podrá retomar el círculo virtuoso del crecimiento.
Dudamos que se pueda reeditar la euforia inversora de estos últimos años. En verdad, es un mal síntoma semejante despliegue de adrenalina (sólo un esquema oligárquico excluyente y no de mercado puede alimentarlo). Y seguramente, cada cambio ministerial hará que los empresarios contengan la respiración a la espera de ver por dónde va la cosa.
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