
Por Martín Tanaka
Durante la campaña electoral se señaló que el gobierno de Ollanta Humala debería tener como modelo ideal al de Lula en Brasil, que representaba la combinación virtuosa de crecimiento con inclusión social. Sin embargo, es importante no idealizar la imagen de este, para así ser conscientes de los problemas y tensiones que implicará seguir este camino.
El primer desafío que tuvo que enfrentar Lula fue la falta de confianza de los mercados; frente a ello optó por correrse al centro político en plena campaña, con la “Carta abierta al pueblo brasileño”, en la que comprometió a respetar los contratos y las obligaciones financieras del gobierno y, una vez electo, optó por un manejo ortodoxo en materia macroeconómica. Esto se expresó en los nombramientos de Antonio Palocci en el Ministerio de Economía y de Henrique Meirelles como jefe del Banco Central. Humala, por su lado, lanzó también la “Hoja de ruta” y luego nombró a Castilla y Velarde en los mismos puestos.
Seguir un camino económico ortodoxo permitió a la economía brasileña crecer sin inflación y reducir la pobreza; sin embargo, también el que hubiera aumentos modestos en el gasto social: el porcentaje del gasto social sobre el total del PBI pasó de 21,4%, en 2002 al final el gobierno de Cardoso, a 23,7% al final del primer gobierno de Lula. Construir un gobierno “amigable” con los inversionistas implicó por ejemplo el permitir la entrada de productos transgénicos y apoyar grandes proyectos energéticos en la Amazonía, lo que implicó enfrentar la oposición de movimientos sociales inicialmente cercanos al Partido de los Trabajadores del presidente.
Construir una mayoría parlamentaria requirió buscar acuerdos y hacer transacciones con fuerzas políticas de centro y derecha; esto generó grandes tensiones dentro de las filas del partido de gobierno, que terminaron incluso con congresistas del PT rompiendo con su bancada y pasando a la oposición. Peor todavía, en el intento de construir mayoría en el Congreso se incurrió en prácticas clientelísticas e incluso se descubrieron sobornos a legisladores de oposición.
¿Cómo así entonces Lula terminó su gobierno con más de 80% de aprobación ciudadana? La clave de su popularidad estuvo en programas sociales como Bolsa Familia, basados en el esquema de transferencias condicionadas de dinero, como nuestro programa Juntos, que sí crecieron en un 24% entre 2002 y 2005. Este programa tiene la “magia” de ser relativamente barato, efectivo y de gran visibilidad política. Humala aspira a repetir el esquema de Lula; sin embargo, no olvidemos que el gasto social sobre el PBI está ahora por encima del 25% en Brasil, mientras que en el Perú está por debajo del 9%. Y que la carga tributaria sobre el PBI en Brasil estuvo por encima del 32% entre 2000 y 2008, mientras que en nuestro país apenas supera el 15%. El gobierno de Humala no solo debe tranquilizar a los mercados, también poner en el centro su agenda social.
Cortesia: Diario la Republica
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