Un decenio de gobiernos de izquierda en America Latina
Por: Steven Levitsky
La ola de izquierda en A.Latina ya cumple un decenio y aún no para.
Contra varios pronósticos de un inminente “vuelco a la derecha”, la ola
se ha extendido a El Salvador (2009) y Perú (2011), y la izquierda ha
sido reelegida en Uruguay (2009) y “re-re-elegida” en Brasil (2010) y
Argentina (2011). (La izquierda también ha sido reelegida en Venezuela,
pero en condiciones no democráticas). Actualmente, dos tercios de los
latinoamericanos viven bajo gobiernos de izquierda, algo inédito en la
historia regional.
Quiero hacer dos observaciones sobre este giro a la izquierda.
Primero, los gobiernos de izquierda han sido bastante moderados. Salvo
Chávez en Venezuela, ninguno ha vuelto al estatismo de las épocas
anteriores. Los gobiernos de Brasil, Chile, El Salvador, Paraguay y
Uruguay mantienen políticas macroeconómicas ortodoxas. Aunque los
gobiernos de Argentina, Bolivia, y Ecuador han sido más heterodoxos,
ninguno ha roto con la economía de mercado. Fuera de Venezuela, ningún
gobierno ha adoptado políticas ni mínimamente parecidas a las de Castro,
Velasco o Allende. La izquierda también ha sido moderada en cuanto a
las instituciones democráticas. Desapareció el leninismo revolucionario
de los años 60 y 70. En Argentina, Brasil, Chile, El Salvador, Paraguay y
Uruguay la izquierda ha gobernado en una manera plenamente democrática.
No se puede decir lo mismo sobre Venezuela, Bolivia, Ecuador y
Nicaragua, pero aun en estos casos no hay dictadura como las de Castro o
Velasco. Hasta en Venezuela –el caso más autoritario– persiste un
régimen electoral.
Segundo, por lo general, la ola de izquierda beneficia a la
democracia en A. Latina. En décadas pasadas, la llegada de la izquierda
al poder casi siempre terminaba o en un golpe de estado (Venezuela
1948, Guatemala 1954, República Dominicana 1962, Brasil 1964, Chile
1973) o en una dictadura de izquierda (Cuba 1959; Nicaragua 1979). La
última década puso fin a este patrón. En Brasil, Chile, Uruguay y El
Salvador, donde el miedo ante un posible triunfo de la izquierda seguía
siendo fuerte en los años 90, la izquierda llegó al poder y no pasó
nada. Los gobiernos de Lula y Dilma, Lagos y Bachelet, Vásquez y Mujica,
y el de Mauricio Funes demostraron que la izquierda puede gobernar sin
generar una crisis o una ruptura democrática. Y más: demostraron que la
izquierda puede gobernar bien. Ese cambio tiene una enorme importancia
para la consolidación de la democracia. La izquierda pasó de ser un cuco
a ser una opción de gobierno normal.
Otro beneficio de la ola de izquierda ha sido un nuevo énfasis en la
redistribución. La desigualdad casi siempre atenta contra la
democracia. Varias investigaciones empíricas demuestran una fuerte
relación entre la desigualdad socioeconómica y la inestabilidad
democrática. A. Latina es la región más desigual del mundo, y en la
mayoría de los países la desigualdad creció en los años 80 y 90. Si las
cosas seguían así, iba a ser difícil sostener la democracia. No es
cierto, como dicen algunos analistas de izquierda, que la democracia no
pueda coexistir con una economía de mercado. Pero la historia nos
muestra que el matrimonio entre democracia y mercado libre requiere de
políticas sociales redistributivas.
Los gobiernos de izquierda han invertido seriamente en las políticas
redistributivas. En Brasil, Lula aumentó el salario mínimo y extendió
el programa Bolsa Familia a 11 millones de familias. En Chile (Chile
Solidario, Plan AUGE), Uruguay (PANES, Plan de Equidad), Argentina
(Asignación Universal por Hijo), Bolivia (Bono Juancito Pinto, Renta
Dignidad), y Ecuador (Bono de Desarrollo Humano), gobiernos de izquierda
lanzaron nuevas programas sociales para combatir la pobreza y extender
el acceso a la seguridad social, la salud y la educación a sectores que
habían sido excluidos.
Estos programas generaron logros importantes. En Brasil, unos 29
millones de personas salieron de la pobreza entre 2003 y 2009. En Chile,
la pobreza extrema casi desapareció. Y por primera vez en decenios, las
tasas de desigualdad han bajado, en algunos casos –como Brasil– de una
manera significativa. Aunque la disminución de la desigualdad tiene
varias causas, estudios muestran que las políticas sociales han sido un
factor importante.
Las políticas redistributivas adoptadas por los gobiernos de
izquierda contemporánea no representan una vuelta al estatismo. Al
contrario: las nuevas políticas sociales en Brasil, Chile, El Salvador,
Paraguay, Uruguay, y (con matices) Argentina coexisten con una economía
abierta. Representan una transición no del neoliberalismo al estatismo
sino del neoliberalismo a un liberalismo social o, en los casos más
ambiciosos, a una socialdemocracia criolla. Un modelo que combina una
economía de mercado con una seria inversión en la redistribución rige en
todas las democracias industrializadas del mundo (con un poco más
redistribución en Europa y un poco menos en los EEUU). Pero es nuevo en
A. Latina. Y está funcionando. La democracia nunca ha sido tan fuerte en
Brasil, Chile y Uruguay como en los últimos 10 años.
El fin de la ola de izquierda llegará más tarde o más temprano. En
democracia nada es permanente. La causa podría ser el deterioro
económico regional. O podría ser la inseguridad, casi siempre un flanco
débil para la izquierda. Pero el legado de los gobiernos de izquierda
–sobre todo en el Cono Sur y Brasil–sería tan significativo como el de
los gobiernos neoliberales de los años 90. Los logros sociales en
Brasil, Chile e Uruguay se están institucionalizando (no es así en
Venezuela, donde el proyecto chavista parece poco sostenible). Las
nuevas políticas sociales gozan de un amplio consenso social y los
partidos de izquierda se han establecido como una alternativa viable,
acabando con las fantasmas del pasado. Y la democracia salió
fortalecida.

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