
Hay algo que diferencia la capacidad de creación de riqueza que tiene un emprendedor en Bogotá o Buenos Aires de la que ostenta uno de San Francisco, Londres o Barcelona. Lo que diferencia las chances de éxito de cada uno (aunque tengan idénticas capacidades personales), es el entorno. Específicamente, la disponibilidad y el conocimiento que el emprendedor tiene de una red de personas e instituciones que pueden ayudarlo a realizar su cometido. Universidades, bancos, inversores, consultoras y agencias del gobierno, por citar algunos.
Ese “algo” que los diferencia se ha dado en llamar capital social y de él me ocupé en “Una mente brillante. Construyendo capital social en América Latina” (ver Opinión Sur Nº 6). Sin embargo, hay algo que es anterior al capital social, del mismo modo que el individuo es anterior a la sociedad. Sin ese elemento, ningún esfuerzo o proyecto aparecería siquiera. Ese elemento es el capital humano.
El capital humano es, en la restringida definición que planeo utilizar, la capacidad y el conocimiento que una persona tiene para crear riqueza, es decir, para proveerse de los medios para su subsistencia y un bienestar creciente. El capital humano es el valor productivo de cada persona, de modo que la suma de esos valores individuales representa la capacidad social de generar riqueza. Una sociedad de personas sin valor individual no tiene capacidad de crear nada. Una suma de ceros da, inevitablemente, cero.
La expresión más elevada del capital humano (entendida en su sentido económico), es el emprendedor, aquel individuo innovador cuya tarea es organizar la producción coordinando recursos y esfuerzos y dirigiéndolos a aprovechar una oportunidad económica que previamente ha detectado y en la cual arriesga su capital y su esfuerzo, con el objeto de crear riqueza.
¿Cómo se genera el capital humano?
Dentro de los elementos que contribuyen a un nivel elevado de capital humano, podemos citar la cultura y los valores que ésta transmite a los individuos y que se manifiestan, en última instancia, en actitudes y conductas. Pero, sin duda, uno de los aspectos a la vez centrales y posibles de manipular (por parte del Estado y la sociedad civil) para contribuir al incremento del capital humano es la educación.
Siendo el emprendedor la expresión más acabada del capital humano, mucho se ha discutido sobre la capacidad de la educación de “producir” emprendedores o al menos, de fomentar su aparición; de nutrir las capacidades e inclinaciones naturales de quienes pueden llegar a serlo.
En lo que se refiere al fomento del emprendedorismo considero que la educación puede dividirse en tres niveles: educación básica, educación técnica e inspiración y liderazgo. Cada uno de estos tres niveles contribuye a su modo a aumentar el número de emprendedores potenciales y reales en una sociedad, incrementando, por lo tanto, el capital humano de esa nación. En lo que sigue me referiré a cada uno de estos tres tipos o niveles de educación identificando por qué y de qué modo contribuyen al desarrollo emprendedor.
Aprender a pensar
En primer lugar, lo que denomino educación básica son los saberes y habilidades tradicionales que se transmiten y cultivan a través de la escolaridad, especialmente en su nivel primario. Las habilidades de lecto-escritura y las lógico-analíticas, especialmente cultivadas a través del estudio de las matemáticas, constituyen el centro de estos conocimientos.
El valor que tienen estos conocimientos para el desarrollo emprendedor va más allá de su utilidad intrínseca (la posibilidad de hacer cálculos matemáticos simples, por ejemplo) y se vincula con las habilidades de razonamiento que contribuyen a desarrollar. No existe capacidad de razonar de modo claro y preciso, de modo ordenado y lógico, para una mente que no ha sido entrenada en procesos de abstracción básicos como los que implican las matemáticas básicas o avanzadas. Del mismo modo, no existen formas de pensamiento abstracto sin un manejo del lenguaje medianamente sofisticado. Es el conjunto de palabras y los conceptos que éstas representan lo que delimita nuestras posibilidades de pensamiento. La complejidad y riqueza del lenguaje es la que posibilita la complejidad y riqueza del pensamiento. Sin lenguaje no hay categorías ni conceptos, que son como los ladrillos del edificio del pensamiento.
¿Qué tiene que ver esto con el emprendedorismo? Si el acto de pensar creativamente para idear un modo de generar riqueza, ponerlo en práctica y superar los obstáculos que se encuentran en ese camino es una forma adecuada de definir el emprendedorismo, entonces, la capacidad de pensar de modo ordenado, lógico y consistente es una capacidad esencial para el emprendedor.
La formación básica en lenguaje y matemática eleva el “piso” intelectual de las personas y los pueblos, con una incidencia directa en su capacidad de crear riqueza, como descubrieron y sostuvieron los fundadores de los EEUU, la “generación del ‘80” en Argentina y otros grupos en países que invirtieron extensamente en el siglo XIX en sistemas de educación públicos, universales y gratuitos.
Más recientemente, otros enfoques sobre el desarrollo de la inteligencia y la creatividad en la educación han puesto el acento no sólo en estas habilidades clásicas o tradicionales, sino también en otro tipo de habilidades e “inteligencias”, como las habilidades interpersonales o “inteligencia emocional” y la inteligencia espacial entre otras[1].
En todo caso, es claro que la educación universal y gratuita en sus primeros niveles contribuye a incrementar el capital humano y potenciar las oportunidades de que surjan emprendedores.
Adquirir herramientas
Un segundo tipo de educación es la técnica. Ésta comprende desde la educación vocacional, hasta los estudios de post grado. Desde la formación que recibe el plomero o el tornero, hasta el ingeniero en sistemas con un MBA.
Este tipo de educación está enfocado no a desarrollar la capacidad de pensar, sino a brindar herramientas para desempeñarse en un oficio o profesión determinados. Es clara y evidente la correlación que existe entre el stock de recursos humanos educados (en este sentido), y el potencial creador de riqueza del individuo y, en última instancia, de la sociedad donde desarrolla su actividad. Esa correlación además, ha sido estudiada y documentada por numerosos estudios, especialmente a partir de los años ochenta, por instituciones y organismos como el Banco Mundial, entre otros.
Como lo demuestra la tendencia creciente del offshore outsourcing, (la búsqueda por parte de las empresas multinacionales de países con recursos humanos calificados o semi calificados y relativamente baratos, para desarrollar plataformas de producción), el activo más importante de que dispone un país son su gente y su nivel de formación.
Para el emprendedor individual la relación es la misma: a mayor formación técnica, mayores posibilidades de que encuentre y explote una oportunidad de mercado circunscripta en su saber específico. No asombra ver la actividad emprendedora vinculada a la tecnología que existe en Israel cuando uno considera que es el país que más científicos por habitante tiene en el mundo, aventajando por mucho a los Estados Unidos. Otro tanto sucede en las regiones que han encontrado un desarrollo emprendedor impactante en regiones cercanas a centros educativos de excelencia como el Silicon Valley, o Cambridge en el Reino Unido.
Liberar el potencial.
Por último, la inspiración y la formación de la capacidad de liderazgo son elementos esenciales para dar forma al carácter de un emprendedor. Éste es, quizás, el nivel menos explorado y donde, con seguridad, la educación pública ha incursionado menos. Su objetivo no es enseñar a pensar, ni brindar herramientas prácticas para el desempeño de un oficio o profesión. Su objetivo es brindarle al individuo la confianza en sus propias fuerzas y capacidad de realización, liberar el potencial creativo e inspirar la acción generadora de riqueza. Las herramientas de este tipo de educación son la enseñanza de la naturaleza y el funcionamiento de la actividad empresarial y el uso inspiracional de los modelos de rol sociales.
La enseñanza de la naturaleza de la acción empresaria tiene como objetivo no sólo ilustrar sobre una actividad específica (cómo funciona el mercado, cómo se organiza una empresa), sino, y mucho más importante, brindar las ideas y conceptos que permiten entender la acción emprendedora como perfectamente legítima y moral.
Esto no es antojadizo. En nuestras sociedades la idea de la actividad empresaria o la de generación de lucro está sospechada o desvalorizada, cuando no directamente penada socialmente. Existe un convencimiento más o menos explícito, de que la riqueza que unos tienen es la que otros no tienen, convirtiendo erróneamente a la economía en un “juego de suma cero”. Por otro lado, sobran ejemplos de fortunas mal habidas o de empresarios que lucran o lucraron con relaciones políticas, facilitando en nuestros pueblos una asociación tan directa y genérica como equivocada entre negocios y corrupción. Finalmente, en países donde la pobreza se hace presente en cada esquina, la propia abundancia genera culpa o al menos dudas sobre la moralidad implícita en ganar dinero.
Si preguntamos a los alumnos de una escuela latinoamericana si consideran que la actividad empresarial es legítima y moral, es casi seguro que surgirán opiniones en contra o, al menos, dudas. Se utilizan respuestas del tipo “es una actividad buena si se desarrolla de un modo correcto” o “siempre que no se robe o engañe”. Sin embargo, si hacemos la misma pregunta con respecto al trabajo de los carpinteros o los arquitectos, la respuesta será casi por unanimidad “sí, es una actividad buena y legítima”. Esto denota un prejuicio, toda vez que existen también numerosos carpinteros y arquitectos que mienten, roban y estafan. Tal como ocurre con todas las profesiones en todas las sociedades. ¿Por qué la “diferenciación”, entonces?
Estoy convencido de que este enfoque o prejuicio sobre la actividad económica, ha contribuido más a generar pobreza en nuestros países que décadas de experimentos macroeconómicos fallidos. Es difícil avizorar cómo nos convertiremos en países desarrollados si no nos convencemos, primero a nosotros mismos, de que la persecución del lucro, dentro de las normas legales y un marco ético de trabajo, genera un beneficio social inmediato. Que sólo permitiendo y alentando la generación de riqueza (sin estafas ni robos), podremos acabar con la pobreza.
El estímulo a la creación de riqueza no es independiente del código moral de una nación. La disposición a generarla y la energía que le entrega un individuo a esa actividad, están íntima y estrechamente relacionadas con su convencimiento de que está desarrollando un acto moral, legítimo y elogiable.
Es precisamente en este punto donde el uso de modelos de rol cumple su objetivo. Necesitamos urgentemente ensalzar y mostrar a la sociedad aquellos ejemplos de empresarios íntegros y exitosos que nos permitan entender que tales seres existen, y por sobre todas las cosas, que la actividad empresarial es un camino que vale la pena transitar.
Es en este tercer nivel de la actividad educativa que la sociedad civil tiene un papel más importante. En los últimos años, tanto en Latinoamérica como en los EEUU, han florecido instituciones, fundaciones y ONGs dedicadas a promover el espíritu empresarial y a descubrir y promocionar las historias de emprendedores exitosos e íntegros.
Si la lectura y la reflexión sobre estas palabras todavía remueven y sacan a relucir cuestionamientos y dudas, cierto rechazo y algo de cinismo, es porque todavía el camino que nos queda es largo. Sin embargo, ya lo hemos iniciado.
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[1] Son especialmente relevantes las experiencias en este sentido de las escuelas Reggio Nell´Emilia en Italia, Key School en los EEUU y Joan Miró en Argentina, inspiradas en los estudios de Montessori, Piaget, Goleman y Gardner, entre otros.
Este artículo puede ser reproducido total o parcialmente, siempre que se cite al autor y se indique que fue publicado en Opinión Sur.
Por Eduardo Remolins© Copyright Opinión Sur
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